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	<title>Peter Strickland archivos - Tríada Primate</title>
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		<title>Las ruidosas cadenas del pasado &#124; Después de la pantalla #05</title>
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		<dc:creator><![CDATA[josenatsuhara]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 02 Apr 2021 04:25:21 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Columna]]></category>
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		<category><![CDATA[Diego Maenza]]></category>
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		<category><![CDATA[Reseña de cine]]></category>
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					<description><![CDATA[<p>Después de la pantalla #05, una columna de Diego Maenza Descubrí el cine de Peter...</p>
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<p class="has-medium-font-size"><strong>Después de la pantalla #05, una columna de Diego Maenza</strong></p>



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<p>Descubrí el cine de Peter Strickland gracias a los cortometrajes <em>GUO4</em> y <em>Cold Meridian</em>. En el primero, dos hombres desnudos en un baño público entran en contacto corporal a través de forcejeos y frotamiento violentos de sus cuerpos en una deconstrucción del concepto de masculinidad. <em>GUO4</em> es una irreverente y muy personal aproximación hacia el denominado <em>manspreading</em> (despatarre masculino en espacios públicos). En el segundo, Strickland juega con nuestros sentidos con una experimental puesta en escena de elementos sinestésicos. <em>Cold Meridian </em>es un artefacto vanguardista encaminado a generar una respuesta sensorial por medio del sentido auditivo [lo que se conoce como ASMR (Respuesta Sensorial Meridiana Autónoma)]. Si películas como <em>Kingyo</em> de Edmund Yeo logran conmover prescindiendo de la parte sonante, este corto de Strickland nos muestra el ensamblaje perfecto de una banda sonora y la yuxtaposición de resonancias, crujidos y susurros, donde explotan las texturas del sonido, que son la parte primordial de su ejercicio, incluso en detrimento de las imágenes.</p>



<p>Tironeado por estas llamativas propuestas, pretendí conocer algo más del realizador británico, y llegué a su estremecedora <em>Katalin Varga</em>, un drama muy prolijo, inclemente y conmovedor (nunca sensiblero) que nos acerca a una historia de ternura, tragedia y exploración de esas decisiones severas de personajes absurdos, indiferentes y crueles (y por lo mismo completamente humanos) que nos causarán más de un sinsabor. Katalin, una mujer pálida y desgarbada, con una apariencia descuidada por los trajines cotidianos, irradia la belleza interna de aquellos seres luminosos que sobresalen por naturaleza a pesar de haber sido pisoteados por la vida.</p>



<p>La historia, hilada <em>in medias res</em>, nos descubre a una mujer que llora porque el pueblo ha develado su secreto: el pequeño Orbán no es hijo de su esposo. Pese a haberlo sabido desde siempre, su marido no soporta el sofoco de los rumores y, por convenciones propias de aquella sociedad que presume un falso puritanismo, se ve abocado a echarla de su casa junto al que ahora llamará bastardo. Katalin, la mujer difamada y exiliada moralmente,emprenderá su pequeño éxodo hacia un pueblo cercano a los montes Cárpatos, que será el detonante de un sinnúmero de extraños episodios de reencuentros con su pasado.</p>



<p>Perseguida constantemente por hombres de la ley, <em>Katalin</em> emprende un viaje hacia la comunidad donde habita el padre biológico de Orbán, en una huida que arrastrará muerte y venganza. Sus ojos, antes engalanados por la pureza taciturna del calor hogareño, empiezan a irradiar la oscuridad de sentimientos destructivos. Y es que en este camino de reencuentro consigo y con el destino, convergerán los dos hombres que muchos años atrás abusaron sexualmente de ella.</p>



<p>Podríamos atender al tema de la paternidad no asumida, tanto en el marido que con frialdad rechaza a Katalin, como en el hombre que antaño le produjo ultrajes y la fecundó. También en las vejaciones físicas y psicológicas a las que son sometidas las mujeres en contextos rurales. Sin embargo, pese a evidenciarlas de una manera muy frontal, Strickland no ahonda en consideraciones sociales ni en dictámenes de moralidad, y prefiere, acertadamente, circundar a sus personajes desde sus propios abismos interiores.</p>



<p>Pese a que el destino pretende erigirla como una víctima, el alma de Katalin lucha por no devenir en un ser puro. Y he aquí, en esta paradoja, la complejidad de la propuesta narrativa. A pesar de todo el peso dramático y de fatalidad que recae sobre sus hombros, Katalin tampoco será una mártir. Y no obstante, como espectadores, sintiéndonos al tiempo jueces y victimados, pudiera resultar el caso de que nos viéramos tentados a justificar la necesidad del resarcimiento.</p>



<p>Destaco la delicadeza con la que Strickland construye la historia. A pesar de la crudeza de ciertos episodios, no son condicionantes ni el asalto cómodo a las expectativas emocionales del espectador, ni la construcción laxa de una narrativa soporífera, defectos comunes de los que no adolece la película. Y esto es un gran acierto. Quizá nos quedemos con ganas de conocer aún más a Katalin, de acudir con más atención a sus sentimientos tenebrosos y a sus contradicciones. Pero la hemos sentido y padecido, hemos vibrado junto a ella y al lado del pequeño Orbán, tan cerca de su inocencia y sus desafectos, tan cerca de las profundidades de las represalias y tragedias de aquella mujer desventurada, tan cerca de esa sociedad absurda e inclemente que castiga a sus víctimas por partida doble, tan cerca de las bucólicas montañas rumanas.</p>



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