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	<title>Género archivos - Tríada Primate</title>
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	<title>Género archivos - Tríada Primate</title>
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		<title>Hablemos sobre masculinidades (primera parte) &#124; Meditación en el umbral #22</title>
		<link>https://triadaprimate.org/hablemos-sobre-masculinidades-primera-parte-meditacion-en-el-umbral-22/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[josenatsuhara]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 02 Sep 2021 23:45:30 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Columna]]></category>
		<category><![CDATA[Meditación en el umbral]]></category>
		<category><![CDATA[Fabi Bautista]]></category>
		<category><![CDATA[Feminismo]]></category>
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<p class="has-medium-font-size"><strong>Meditación en el umbral #22, una columna de Fabi Bautista</strong></p>



<hr class="wp-block-separator is-style-wide"/>



<p>Drogas, sexo y dinero bajo la opulencia y los excesos, quizás ésta sea la descripción más acertada que viene a mi mente al rememorar <em>El Lobo de Wall Street</em> (2013), filme del aclamado director norteamericano Martin Scorsese. Los ochenta y <em>blues</em> de fondo permiten al espectador conocer al protagonista, Jordan Belfort, accionista y fundador de Stratton Oakmont, casa de corredores de valores. A través de la magnánima actuación de Leonardo DiCaprio, somos introducidos a una trama envolvente bajo una premisa a la que muchos aspiran: el hombre de clase media convertido en multimillonario gracias a su astucia, carisma e ingenio, por no mencionar su capacidad de sabotaje y engaño.</p>



<p>Si la película es una glorificación del cual fuera uno de los mayores fraudes financieros o no, lo cierto es que sus elementos narrativos, simbólicos y fílmicos son dignos de múltiples análisis bajo el lente crítico. Hoy, sin embargo, no me remitiré al sentido moral de la película, ni al hedonismo contemporáneo enmarcado a través del paradójico declive de Belfort. Considerado por muchos como uno de los roles más notables de DiCaprio a lo largo de toda su trayectoria, El Lobo de Wall Street sienta — bajo una óptica exacerbada — un tema que ha cobrado fuerza en las últimas décadas a partir de los estudios de género: la masculinidad.</p>



<p>Si el movimiento feminista centró sus reflexiones en torno a la condición de la mujer, las implicaciones de la feminidad y la diferencia sexual, reconociendo que lo que hemos categorizado como femenino-masculino responde a valores sociales, culturales e históricos propios de cada contexto, en los últimos años este análisis ha derivado en nuevos objetos de estudio enfocados en lo masculino también como constructo social. Entender el género masculino a partir de una categoría analítica ha permitido que el diálogo se oriente a temas como la paternidad, la sexualidad, el machismo y las relaciones afectivas, entre otros, apelando a relaciones sanas y abiertas no sólo consigo mismos, sino con su entorno.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-style-default is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow"><p>[…] ello es el resultado de una preocupación teórica y política de algunos sectores académicos y de las organizaciones civiles por identificar la forma en que los hombres viven no sólo el mundo de lo público sino también en sus relaciones personales y su existencia cotidiana </p><cite> <p>Guevara, 2008, p. 72</p></cite></blockquote>



<p>Ahora bien, vayamos por pasos ¿qué estamos entendiendo por masculinidad? ¿existe más de un tipo? Y, si es así ¿cuál prevalece sobre las otras y por qué? Antes de pasar al análisis del personaje de Jordan Belfort, en esta primera entrega me centraré en introducir algunos conceptos que nos permitan entender por qué <em>El Lobo de Wall Street</em> es uno de los parteaguas idóneos para hablar de masculinidad hegemónica, hipermasculinidad, roles y estereotipos de género. Entonces, retomando lo que nos concierne, resultado de las reflexiones y aproximaciones teóricas, podemos entender la masculinidad como “el conjunto de atributos, valores, comportamientos y conductas que son características del hombre en una sociedad determinada” (CNDH, s.f., p.1).</p>



<p>Ésta es una afirmación que se repite constantemente dentro de los estudios de género, pero, si se ha aceptado y conceptualizado la feminidad como un constructo, era de esperarse que también se comience a reflexionar sobre las implicaciones sociales, culturales, políticas e históricas de lo masculino. Dado lo anterior es que se establece que ser hombre o mujer no se reduce a una realidad biológica (de donde podemos entender el concepto de sexo), sino que la forma en que lo hemos conceptualizado al grado de naturalizarlo es aprendida culturalmente:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-style-default is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow"><p>Esa interpretación cultural es lo que llamamos “género”: un dispositivo de poder, un guion, que socializa a los cuerpos con pene en la masculinidad, para que se conviertan en varones, y a los cuerpos con vagina en la feminidad, para que se conviertan en mujeres. </p><cite>Instituto de Masculinidades y Cambio Social, 2019, p. 10</cite></blockquote>



<p>Nos educan para ser hombres y mujeres, quizá no somos conscientes de ello, no es que alguien llegara un día y nos dijera “te voy a explicar todo lo que necesitas para ser un hombre o una mujer”. Por el contrario, ocurre de maneras tan sutiles a través de convenciones sociales, valores, costumbres, productos culturales y demás, que resulta difícil —pero no imposible— cuestionar las ideas con las que nos hemos visto rodeados desde el momento en que nacimos. Ahí ocurre la naturalización del género, puesto que vemos como nato e inamovible características que realmente han sido construidas socialmente; por ejemplo, las mujeres son sensibles por “naturaleza”, mientras que los hombres son estoicos y poco dados a demostrar sentimientos.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-style-default is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow"><p>Entonces, nuestras formas de actuar, de ser, de sentir no responden a diferencias naturales entre los varones y las mujeres, sino que son resultado de lo que llamamos socialización de género. Es decir, de las formas en que nos crían y educan en lo que es masculino o femenino según la cultura y el momento histórico. </p><cite> <p>Instituto de Masculinidades y Cambio Social, 2019, p. 10</p></cite></blockquote>



<p>A partir de lo anterior podemos introducir los conceptos de estereotipos y roles de género. Mientras los primeros se emplean para designar las “etiquetas” que “dictan las características para cada sexo”, los segundos derivan en las “normas de comportamiento, actividades o tareas permitidas para hombres y mujeres” (Comisión Nacional de los Derechos Humanos, 2019, p. 11).&nbsp; Es decir, mientras a las mujeres se les ha asociado con elementos como la pasividad, la sumisión y la condición de objeto, a los hombres se les han atribuido una serie de características como la fortaleza, la valentía, la tenacidad y el ímpetu sexual. Asimismo, en el <em>ABC de la Perspectiva de Género y las Masculinidades</em> (2019) se identifican cinco roles tradicionales de género designados a los hombres: padre, jefe, líder, protector y proveedor.</p>



<p>A partir de lo anterior, es natural cuestionarse qué tiene de negativo el que se asocien ese tipo de características a lo masculino, si incluso éstos pueden ser considerados como una serie de atributos en su mayoría positivos. En primera instancia, es preciso mencionar que “el sistema patriarcal ha colocado a mujeres y hombres en situaciones de desigualdad” (CNDH, 2009, p. 4) que usualmente los beneficia a ellos. No obstante, el acceso a estos privilegios responde al modelo de masculinidad hegemónica, cuyas características tienen que ver también con la orientación sexual, la raza y el nivel socioeconómico, entre otros.</p>



<p>Es decir, quien no cumpla con este modelo de masculinidad tradicional es relegado, violentado o fuertemente criticado. Sí, el patriarcado te beneficia, pero en su mayoría lo hace cuando eres un hombre blanco, heterosexual de clase media alta que, además, debe cumplir con todos los estereotipos y roles de los que hablamos con anterioridad. Esto pone en tela de juicio qué tan sanas son realmente las características que se le han atribuido a la masculinidad tradicional y a quiénes benefician. En otras palabras, aunque muchos hombres no lo noten o no quieran hacerlo, el sistema patriarcal perpetúa una serie de imposiciones violentas, dañinas y desiguales consigo mismos, con sus lazos familiares y afectivos, así como con su comunidad. Y, para ti… ¿qué significa ser hombre?</p>



<div style="height:100px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<hr class="wp-block-separator is-style-wide"/>



<p><strong>Referencias bibliográficas</strong></p>



<ul class="wp-block-list"><li>CNDH. (s.f.). <a href="https://www.cndh.org.mx/sites/default/files/doc/Programas/Ninez_familia/Material/trip-respeto-dif-masculinidades.pdf" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Respeto a las Diferentes Masculinidades</a>. [Archivo PDF]. </li><li>CNDH México. (2019). <em><a href="http://mexicosocial.org/wp-content/uploads/2019/11/ABC-de-las-masculinidades.-CNDH.-2019.pdf" target="_blank" rel="noreferrer noopener">ABC de la Perspectiva de Género y las Masculinidades</a></em>. [Archivo PDF]. </li><li>Guevara, Elsa S. (2008). <a href="http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&amp;pid=S0187-01732008000100004&amp;lng=es&amp;tlng=es" target="_blank" rel="noreferrer noopener">La masculinidad desde una perspectiva sociológica: Una dimensión del orden de género. <em>Sociológica</em></a><em> (México)</em>, <em>23</em>(66), 71-92. </li><li>Instituto de Masculinidades y Cambio Social. (2019). <em><a href="https://argentina.unfpa.org/sites/default/files/pub-pdf/Varones%20y%20Masculinidades.pdf" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Varones y masculinidad(es). Herramientas pedagógicas para facilitar talleres con adolescentes y jóvenes</a></em>. [Archivo PDF]. </li></ul>
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		<title>«Sixteen Candles», o cómo el cine reproduce la cultura de la violación &#124; Meditación en el umbral #14</title>
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		<dc:creator><![CDATA[josenatsuhara]]></dc:creator>
		<pubDate>Thu, 15 Apr 2021 23:57:01 +0000</pubDate>
				<category><![CDATA[Columna]]></category>
		<category><![CDATA[Meditación en el umbral]]></category>
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		<category><![CDATA[Género]]></category>
		<category><![CDATA[Sharon Marcus]]></category>
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<p class="has-medium-font-size"><strong>Meditación en el umbral #14, una columna de Fabi Bautista</strong></p>



<hr class="wp-block-separator is-style-wide"/>



<p>“It&#8217;s the time of your life that may last a lifetime” es la icónica frase que puede leerse bajo el póster que anuncia <em>Sixteen Candles</em> (1984), filme del director norteamericano John Hughes, a quien quizá puedas conocer por&nbsp; <em>best sellers</em> considerados hoy en día referentes de la cultura pop: <em>The Breakfast Club</em> (1985) y <em>Pretty in Pink</em> (1986).</p>



<p>Protagonizada por Molly Ringwald, Michael Schoeffling y Anthony Michael Hall, la narración se centra en los eventos que acompañan el decimosexto cumpleaños de Samantha Baker, nuestra protagonista. Si el ya conocido eslogan que caracterizó esta película ochentera anuncia una trama <em>ad hoc </em>al género <em>coming of age</em>, sus implicaciones adquieren un nuevo giro al explorar uno de los tópicos subyacentes en esta película: la violación, o —más específicamente— la normalización de la violencia y cómo ésta resulta en la prevalencia de la cultura de la violación.</p>



<p>¿Por qué abordar estos temas? ¿Por qué tomar una película considerada por muchos como un clásico o un filme meramente cómico cuyo objetivo no es más que el de entretener para profundizar en una problemática de tal índole? Vamos a los datos duros:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-style-default is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow"><p><em>La ONU ha clasificado la violación como uno de los crímenes más recurrentes a nivel mundial.</em></p></blockquote>



<p>Tan sólo en México —de acuerdo con los datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública— para octubre del 2019 se registraron 17, 509 casos por violación. A nivel mundial, se estima que el 35 % de las mujeres ha experimentado alguna vez violencia física o sexual por parte de una pareja íntima y que 15 millones de adolescentes entre 15 y 19 años han sufrido abusos sexuales.</p>



<p>Estas cifras, que no sólo son contundentes, sino también aberrantes, nos demuestran que nos encontramos ante un problema grave que debe ser combatido desde diferentes trincheras. Es así como nos hallamos en la necesidad de abrir un espacio para reflexionar y cuestionar problemáticas como ésta, para vislumbrar cómo se está reflejando en los medios y qué mensaje pretende dejarnos.</p>



<p>La Entidad para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de la Mujer (ONU Mujeres) ya ha resaltado la falta de denuncia o cuestionamiento existente en torno a este asunto, apuntando que “es hora de alzar la voz para desterrar la cultura de la violación, cuestionar los desequilibrios de poder históricos y poner fin a la violencia sexual” (2019, párr. 9). Y es que no podemos combatir un tema sin decirlo en voz alta, desmitificarlo y despojarlo de tabúes. Así que, por más que nos incomode, es momento de hablar del abuso sexual —no desde el morbo— sino desde la mirada crítica que denuncia al sistema que protege y reproduce esta cultura.</p>



<p>Ahora bien, para profundizar en la problemática de la violación, es necesario partir de un concepto más amplio: la violencia de género. Así, ésta se concibe como el resultado de “una serie de costumbres sociales, que imponen el uso de la fuerza en contra de las mujeres en una situación de subordinación respecto del hombre, sea verbal, institucional o física” (Sigríður, 2013, p. 105).&nbsp; Producto de las normas culturales que prevalecen en la sociedad patriarcal, esta forma de violencia se caracteriza por tres ejes: la invisibilidad, la normalidad y la impunidad.</p>



<p>Es a partir de estos elementos que la cultura de la violación toma forma al constituirse como “el entorno en el cual la violencia sexual infligida contra la mujer se naturaliza y encuentra justificación tanto en los medios de comunicación como en la cultura popular y en el sistema de justicia” (Marshall University Women´s Center ctd en Bandera, s.f., p. 1). Observemos, por ejemplo, los titulares de algunos periódicos reconocidos en México:</p>



<div style="height:28px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<ul class="wp-block-list" style="font-size:21px"><li>“Jovencita se emborracha en fiesta patronal y la violan camino a casa” (<em>Excélsior</em>, 2020)</li><li>“Niña termina a su novio y el joven le prende fuego” (<em>Periódico AM</em>, 2019)</li><li>“Mujer habría sido asesinada por no calentar la comida a su marido” (<em>Radio Fórmula</em>, 2018)</li></ul>



<div style="height:28px" aria-hidden="true" class="wp-block-spacer"></div>



<p>Es posible notar un punto de encuentro en los encabezados, donde las formas de violencia ejercidas sobre la mujer encuentran su justificación en el hecho de que éstas sean percibidas como transgresoras al disrumpir las normas o condiciones esperadas dado su género (beber alcohol o no servir la comida). En otros casos, su disyuntiva con un hombre la convierte en el blanco de ataque, pues no se espera que rechace las propuestas “románticas” (no puede decir “no”, ni rechazar a quien fuera su pareja).</p>



<p>La problemática de la normalización de la violencia de género no sólo radica en la magnitud de las formas de abuso, sino también en que al naturalizarla la consideramos inherente y, por tanto, inamovible a la condición de la mujer. ¿Qué quiere decir esto? En tanto inamovible, reproducimos la idea de que ésta es la realidad que nos tocó por el hecho de ser mujeres, que no podemos hacer nada para combatirla, es decir, que somos víctimas de nuestra condición histórica y que esto es lo que va a continuar siendo porque es lo que siempre ha sido. Lo anterior es, por supuesto, falso, ya que nos hallamos ante un mecanismo que se ocupa para que nosotras no critiquemos o cuestionemos al sistema patriarcal.</p>



<p>Regresando al tema de la violación, Sharon Marcus<strong>[1] </strong>plantea que ésta no debe ser percibida como una de “las realidades que circunscriben la vida de las mujeres” (Hawkesworth ctd Marcus, 2002, p. 63). Lo anterior se debe a que esta concepción les otorga un estatus como individuos “inherentemente violables” y, a su vez, mitifica la violación añadiéndole un “tono apocalíptico” (Marcus, 2002, pp. 62—63). Es decir, como un hecho (horror) que va más allá de nuestra comprensión, lo cual limita —como resultado— su discusión.</p>



<p>En su lugar, propone entenderla como un hecho lingüístico y así comprender el abuso sexual en su relación con el lenguaje. De esta manera, se plantea que “un violador sigue un guion social y representa estructuras convencionales, genéricas, de sentimiento y acción que buscan envolver a la mujer blanco de la violación en un diálogo que está sesgado en contra de ella” (Marcus, 2002, p. 67).</p>



<p>Así, adoptando roles sociales que se insertan en la sociedad patriarcal, este guion o discurso al que se refiere Marcus se puede vislumbrar en el filme a través del diálogo que establecen los personajes de Jake Ryan —el <em>jock</em> o atleta— y Ted —el <em>geek</em> o nerd— donde, después de una fiesta, el primero le comenta al segundo lo siguiente:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-style-default is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow"><p><em>I could get a piece of ass anytime I want. Shit, I got Caroline in the bedroom right now passed out cold. I could violate her ten ways if I wanted to.</em></p></blockquote>



<p>A través de esta conversación, de forma directa se construye una narrativa donde —en última instancia— su violación es justificable, entendible e incluso esperable:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-style-default is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow"><p><em>She doesn´t know shit about love. The only thing she cares about is partying.</em></p></blockquote>



<p>A su vez, este comentario sobre el personaje es una forma de degradarla con el fin de exaltar a la protagonista quien es, en contraparte, una chica encantadora, pura, virginal y —por tanto—amable, no merecedora de una violación. En él se manifiesta abiertamente la idea del abuso sexual, misma que encuentra su “justificación” en el hecho de que Caroline (quien es su novia) se halla inconsciente y, por tanto, incapaz de negarse debido al estado de ebriedad en el que se encuentra.</p>



<p>Si en un primer momento se puede vislumbrar este vínculo entre violación y lenguaje principalmente a través del personaje de Jake, es Ted quien —en última instancia— abusa sexualmente de Caroline. Aquel acto desmitifica la idea de que el violador es un “monstruo” o enfermo sexual que vive al margen de la sociedad, además de romper la imagen que a menudo presenta al <em>geek</em> (quien no representa la masculinidad hegemónica) como un individuo amigable e inofensivo.</p>



<p>Lo anterior, de acuerdo con Marcus, ocurre porque la capacidad de violentar (verbal, física o sexualmente) “depende más de cómo [el agresor] se posiciona a sí mismo socialmente en relación con ella que de su supuesta fuerza física superior” (Marcus, 2002, p. 67). En este sentido, ocurren tres momentos claves en torno al abuso sexual:</p>



<p>-Jake entrega a una inconsciente Caroline a Ted a cambio de las pantaletas de Sam. Es decir, ocurre una transacción donde la chica es tratada e intercambiada como un objeto. Incluso le afirma al chico que ésta no notará la diferencia y la engaña al decirle que se está yendo con él, su novio.</p>



<p>-Para recordar esa noche, Ted pide a sus amigos que lo fotografíen abrazado de Caroline, quien continúa en estado de ebriedad. No hay consentimiento alguno.</p>



<p>Estos dos momentos reflejan lo que es en esencia el pacto patriarcal, cuyo acuerdo tácito dado entre los personajes masculinos de la película los lleva a proteger e incluso incitar las acciones de sus amigos. Cuán diferente serían los hechos desencadenados si en alguno de ellos cupiera, ya no la cordura de no llevarse a una chica inconsciente, sino en detener a quien perpetuaba los hechos. En su lugar, cada uno de ellos suma al crimen cometido contra Caroline, apuntando que en mayor o menor medida —como sociedad— somos culpables de esta cultura de la violación que prevalece.</p>



<p>-Finalmente, cuando concluyen que tuvieron sexo (aunque ninguno de los dos parece recordarlo, dotando la escena de cierta ambigüedad que atenúa la magnitud de los hechos) y, al cuestionarle si disfrutó el encuentro ella responde “You know, I have this weird feeling I did”.<strong>[2]</strong></p>



<p>¿Qué actitud nos queda tomar ante este tipo de películas que —en tanto tecnologías de género— normalizan la violencia contra la mujer y la presentan incluso como un tema humorístico? En el auge de la cultura de la cancelación, como mujer y como feminista, no pretendo ignorar la amplia tradición de discursos que nos han ridiculizado, violentado o subyugado. En su lugar, retomo la idea propuesta por la teórica Teresa de Lauretis, cuyas palabras adquieren eco en nuestros días: confrontar los discursos con la teoría feminista.</p>



<p>El análisis presentado aquí es apenas un esbozo que ofrece una de tantas miras a la violencia sexual, problemática latente aún en nuestros días. En este sentido, la discusión no está concluida. Más allá de la risa y la comedia, sirvan filmes como <em>Sixteen Candles </em>para reabrir el diálogo en torno a la cultura de la violación, dentro y fuera del cine, en el margen de una sociedad machista, misógina y patriarcal. Ya sea desde la teoría, la crítica o la práctica, está en nuestras manos construir una narrativa nueva para las mujeres, una donde la violencia de género no sea nunca más la realidad que nos trastoque.</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-style-default is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow"><p><em>Para construir una sociedad en la que no conozcamos el miedo, tal vez tengamos primero que asustar de muerte a la cultura de la violación</em></p><cite>Sharon Marcus</cite></blockquote>



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<p><strong>Bibliografía</strong></p>



<ul class="wp-block-list"><li>Bandera, A. (s.f.). “¿Cultura de la violación? ¿Dónde?”. <em>QFem</em>.</li><li>de Lauretis, T. (2000). <em>Diferencias: Etapas de un camino a través del feminismo</em>. Madrid: Horas y horas.</li><li>Marcus, S. (Octubre 2002). “<a href="https://debatefeminista.cieg.unam.mx/df_ojs/index.php/debate_feminista/article/view/736">Cuerpos en lucha, palabras en lucha: una teoría y una política para la prevención de la violación</a>”. <em>Debate feminista</em>. 26, 59-85. </li><li>Noticias ONU. (2019). <a href="https://news.un.org/es/story/2019/11/1465761#:~:text=Por%20su%20parte%2C%20ONU%20Mujeres,fin%20a%20la%20violencia%20sexual" target="_blank" rel="noreferrer noopener">El impacto de una violación tiene efectos devastadores en varias generaciones</a>. <em>ONU</em>. </li><li>Sigríður, R. (2013). “<a href="https://gupea.ub.gu.se/bitstream/2077/38420/1/gupea_2077_38420_1.pdf" target="_blank" rel="noreferrer noopener">Cultura de violencia: normalización de la violencia de género en Guatemala</a>”. <em>Göteborgs Universitet</em>. </li></ul>



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<p><strong>[1] </strong>Profesora de Literatura Comparada en la Universidad de Columbia que presentó el ensayo “Cuerpos en lucha, palabras en lucha: una teoría y una política para la prevención de la violación” mismo que obtuvo lecturas críticas por parte de Sylvia Brownrigg, Judith Butler, Jennifer Callahan, Susan Maslan, Mary Poovey y Joan Scott.</p>



<p><strong>[2] </strong>En un artículo escrito para el New Yorker en el 2018, mismo que se titula “What About ‘The Breakfast Club’? Revisiting the movies of my youth in the age of #MeToo”. la actriz Molly Ringwald apunta que “she had to have a feeling about it, rather than a thought, because thoughts are things we have when we are conscious, and she wasn´t”.</p>
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		<title>¿Dónde están las mujeres en la literatura? &#124; Meditación en el umbral #11</title>
		<link>https://triadaprimate.org/donde-estan-las-mujeres-en-la-literatura-meditacion-en-el-umbral-11/</link>
		
		<dc:creator><![CDATA[josenatsuhara]]></dc:creator>
		<pubDate>Fri, 05 Mar 2021 02:56:44 +0000</pubDate>
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<p class="has-medium-font-size"><strong>Meditación en el umbral #11, una columna de Fabi Bautista</strong></p>



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<p>“Todos somos prisioneros de las percepciones y sensaciones «masculinas». De las palabras «masculinas». Las mujeres mientras tanto guardan silencio.” escribe la periodista bielorrusa Svetlana Aleksiévich en los extractos del diario que conforman <em>La guerra no tiene rostro de mujer</em>, obra que ve la luz en 1985. Si bien la propuesta narrativa de esta Nobel de Literatura es objeto de múltiples reflexiones y análisis, no es el propósito del presente palpar las cicatrices latentes de una lucha donde no existieron vencedores, sino evidenciar la ausencia de voces femeninas en la Historia.</p>



<p>Ante el dominante paradigma masculino —cuyo modelo se construye no sólo por el género, sino también a través de categorías como la raza y clase social— no es fortuito que todo aquel que no cumpla con los parámetros establecidos quede invisibilizado, borrado o subyugado bajo el paso del tiempo a favor del grupo dominante… y las artes no quedan exentas de esto. Es también en el medio artístico donde subyace una cultura machista, misógina y voraz encargada de mitigar la presencia femenina.</p>



<p>Una pregunta recurrente al incidir en el mundo de la lectura es ¿qué leer? o, mejor dicho, ¿a quién leer? Los autores que encabezan las listas no sólo apelan una y otra vez al género masculino, sino que pertenecen, en su mayoría, a la cultura occidental. Vale la pena —entonces— cuestionarse si esto es mera coincidencia producto del consenso general o si, de lo contrario, responde a factores que van más allá de la obra en sí.</p>



<p>En el 2020, la poeta norteamericana Louise Glück recibió una de las máximas preseas dentro del ámbito literario, el Nobel. Su triunfo no sólo significó una reivindicación a lo cotidiano, sino que abrió paso al ya merecido reconocimiento de la escritura femenina. Las implicaciones no se hacen esperar; de 114 galardones desde su primera entrega en 1901, sólo 16 mujeres han sido premiadas. Entre los nombres figuran escritoras, ensayistas, novelistas, poetas y cuentistas sumamente talentosas tales como Selma Lagerlöf, Gabriela Mistral, Toni Morrison y Wisława Szymborska.</p>



<p>Aplaudo cada una de las preseas otorgadas y, sin embargo, la celebración de estas autoras no exime de cuestionar el hecho de que las mujeres constituyan menos del 15 % de los ganadores al Nobel de Literatura. Y, si bien los premios no son el parámetro que mide el valor literario, es válido cuestionar qué está ocurriendo. La incapacidad o el nulo deseo de análisis y crítica apela por una respuesta simplicista: las mujeres no están escribiendo y, de hacerlo, no están produciendo literatura seria. Empecemos por desmitificar ambas cuestiones.</p>



<p>La académica y teórica Lillian Robinson apunta en “Desafíos feministas al canon literario” (1998) que “las condiciones que dieron a muchas mujeres el ímpetu de escribir son precisamente las mismas que no hicieron posible que su cultura las definiera como escritoras” (ctd en Baralle, 2012, p. 119) y es que las mujeres han tenido que luchar con uñas y dientes para hacerse un lugar en la literatura. Pensemos, por ejemplo, en las innumerables escritoras que debieron recurrir a la sombra masculina para hacerse de un pseudónimo con el fin de ser publicadas.</p>



<p>Recordemos a las hermanas Brontë; Charlotte, Emily y Anne quienes presentaron sus obras bajo los nombres de Currer, Ellis y Acron Bell, respectivamente. Notable es también el caso de Mary Shelley, cuya obra magna <em>Frankenstein</em> se le atribuía a su esposo ante la imposibilidad de imaginar a una mujer concibiendo semejante criatura, abordando temáticas que no eran propias de una dama, inmiscuyéndose y cuestionando lo perverso en la humanidad.</p>



<p>Por supuesto que las mujeres siempre han escrito, tan sólo en México podemos hallar en <em>Poetisas Mexicanas</em> (1893), obra del historiador y catedrático José María Vigil, una compilación de autoras que van desde la época colonial hasta el siglo XIX. Entonces, la problemática no radica en la ausencia de mujeres escritoras, sino en reconocerlas como tal y aceptar que sus producciones son tan válidas como las de cualquier hombre.</p>



<p>Quizás aquí nos topamos con la cuestión de la literatura “seria”, sin embargo, ¿bajo qué parámetro la medimos? ¿a qué nos referimos con ella? Para dar respuesta tendremos que aludir al canon, mismo que hace referencia “a la existencia de un modelo para calificar una obra literaria y si ésta se considera relevante por la crítica especializada”, la cuestión reside en que la idea del canon, es decir, de <em>lo literario </em>responde a “circunstancias históricas, culturales y geográficas” (Baralle, 2012, p. 116) particulares.</p>



<p>¿Qué pasa, entonces, con la producción literaria creada por mujeres? Anna María P. Baralle otorga una respuesta en su artículo “Lectura feminista y canon androcéntrico. Notas para una reflexión incluyente”:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow"><p>Durante siglos los valores culturales fueron predominantemente masculinos y las características femeninas consideradas de menor valor porque representaban la parte emocional y no razonada de la humanidad, identificada también como la parte doméstica y ramplona de lo mismo. Así que de ellas se anotaba su propensión a “garabatear” páginas. (2012, p. 118)</p></blockquote>



<p>No es en vano que Rosario Castellanos inicie su poema “Pasaporte” a través del verso <em>“¿Mujer de ideas? No, nunca he tenido una”.</em> Ante la imperante mirada masculina, las autoras se hicieron de recursos como la ironía y la falsa modestia para atravesar el mundo con sus palabras. Aun así, parecía no ser suficiente. En su ensayo “Tradición femenina como innovación feminista”, Annie Finch —poeta y traductora norteamericana contemporánea— recuerda la crítica del autor John Rowe, quien declaraba que Dickinson no podía ser considerada una gran poeta ya que no había empleado el pentámetro yámbico.</p>



<p>Y es que nos gustaría pensar que la literatura —una de las máximas expresiones artísticas— se encuentra al margen de las soeces problemáticas que atañen a la humanidad: la discriminación, el racismo, el sexismo y la misoginia. ¿No es acaso el epítome de la sensibilidad del hombre? Es necesario considerar que, lo que hemos catalogado dentro del canon también responde —aunque no lo queramos aceptar— “a la imposición de los criterios de un determinado grupo a toda la sociedad” (Baralle, 2012, p. 117); es decir, a factores externos a la obra.</p>



<p>En comparación con la literatura masculina, de la producción femenina “sólo nos han llegado nombres, vagas indicaciones biográficas y noticias de obras que quedaron manuscritas y que tal vez hayan perecido” (Vigil, 1893, p. 9). Ante este panorama, responder dónde están las mujeres en la literatura pareciera ser escabroso. No obstante, la crítica feminista y la labor académica han puesto manos a la obra para desempolvar y traer a la luz pública “los escritos privados de mujeres, tales como cartas, diarios, autobiografías, poesía, historias orales” (Baralle, 2012, p. 118). Ya no son más simples garabatos producto de la sinrazón, al fin lo reconocemos como lo que son: literatura. Annie Finch lo enuncia así:</p>



<blockquote class="wp-block-quote is-layout-flow wp-block-quote-is-layout-flow"><p>[…] no implica para nosotras una cuestión de retornar al pasado, reafirmando así una estructura arcaica de poder, atravesando con resignación un territorio ya reclamado por Chaucer, Shakespeare, Milton y Wordsworth.</p><p>En su lugar, revindicamos, enaltecemos y nos erigimos sobre la ardua e inacabada promesa de Bradstreet, Wheatley, Sigourney, y legiones de poetas aún menos conocidas, poetas perdidas, poetas inéditas, poetas orales.<strong>[1] </strong>(2005, párr. 6-7)</p></blockquote>



<p>Ciertamente, el propósito del presente no es incentivar a leer las producciones realizadas por mujeres por el simple hecho de que lo sean, ni intentar cubrir una cuota de género con afán de subsanar una problemática mayor, pues éste no es el único factor que atraviesa el asunto del canon. Si ya la inserción de mujeres en el ámbito literario es tempestuosa, hablar de las dificultades a las que se enfrentan las mujeres racializadas o las mujeres indígenas —por ejemplo— es digno de ser objeto de análisis por sí mismo.</p>



<p>En su lugar, esta es una invitación abierta a descentralizar la literatura, a cuestionar el canon. Materializada a través de la palabra, la producción literaria escrita por mujeres siempre ha <s>existido</s> resistido. Leerla es reivindicar un pasado que se nos fue arrebatado de las manos con miras a reconstruir un presente donde el silencio y el olvido ya no sean más las cadenas que nos aprisionen.</p>



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<p><strong>Puedes leer el ensayo “Female Tradition as Feminist Innovation” en su idioma original aquí: </strong><a href="https://www.poetryfoundation.org/articles/69567/female-tradition-as-feminist-innovation" target="_blank" rel="noreferrer noopener">https://www.poetryfoundation.org/articles/69567/female-tradition-as-feminist-innovation</a></p>



<p><strong>O, puedes leer la traducción al ensayo en el siguiente enlace: </strong><a href="https://circulodepoesia.com/2020/07/annie-finch-tradicion-feminista-e-innovacion/" target="_blank" rel="noreferrer noopener">https://circulodepoesia.com/2020/07/annie-finch-tradicion-feminista-e-innovacion/</a></p>



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<p><strong>Bibliografía</strong></p>



<ul class="wp-block-list"><li>Baralle, Anna M. (2012). Lectura feminista y canon androcéntrico. Notas para una reflexión incluyente<em>. Revistas UNAM</em>. <a href="http://www.journals.unam.mx/index.php/multidisciplina/article/view/27679/25625" target="_blank" rel="noreferrer noopener">http://www.journals.unam.mx/index.php/multidisciplina/article/view/27679/25625</a></li><li>Vigil, José M. (1893). <em>Poetisas mexicanas</em>. UNAM.</li></ul>



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<p><strong>[1]</strong> El ensayo original “Female Tradition as Feminist Innovation” se halla en su obra <em>The Body of Poetry: Essays on Women, Form, and the Poetic Self </em>(2005). La traducción es mía.</p>
<p>La entrada <a href="https://triadaprimate.org/donde-estan-las-mujeres-en-la-literatura-meditacion-en-el-umbral-11/">¿Dónde están las mujeres en la literatura? | Meditación en el umbral #11</a> se publicó primero en <a href="https://triadaprimate.org">Tríada Primate</a>.</p>
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