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«Sixteen Candles», o cómo el cine reproduce la cultura de la violación | Meditación en el umbral #14

9 minutos de lectura

Meditación en el umbral #14, una columna de Fabi Bautista


“It’s the time of your life that may last a lifetime” es la icónica frase que puede leerse bajo el póster que anuncia Sixteen Candles (1984), filme del director norteamericano John Hughes, a quien quizá puedas conocer por  best sellers considerados hoy en día referentes de la cultura pop: The Breakfast Club (1985) y Pretty in Pink (1986).

Protagonizada por Molly Ringwald, Michael Schoeffling y Anthony Michael Hall, la narración se centra en los eventos que acompañan el decimosexto cumpleaños de Samantha Baker, nuestra protagonista. Si el ya conocido eslogan que caracterizó esta película ochentera anuncia una trama ad hoc al género coming of age, sus implicaciones adquieren un nuevo giro al explorar uno de los tópicos subyacentes en esta película: la violación, o —más específicamente— la normalización de la violencia y cómo ésta resulta en la prevalencia de la cultura de la violación.

¿Por qué abordar estos temas? ¿Por qué tomar una película considerada por muchos como un clásico o un filme meramente cómico cuyo objetivo no es más que el de entretener para profundizar en una problemática de tal índole? Vamos a los datos duros:

La ONU ha clasificado la violación como uno de los crímenes más recurrentes a nivel mundial.

Tan sólo en México —de acuerdo con los datos del Sistema Nacional de Seguridad Pública— para octubre del 2019 se registraron 17, 509 casos por violación. A nivel mundial, se estima que el 35 % de las mujeres ha experimentado alguna vez violencia física o sexual por parte de una pareja íntima y que 15 millones de adolescentes entre 15 y 19 años han sufrido abusos sexuales.

Estas cifras, que no sólo son contundentes, sino también aberrantes, nos demuestran que nos encontramos ante un problema grave que debe ser combatido desde diferentes trincheras. Es así como nos hallamos en la necesidad de abrir un espacio para reflexionar y cuestionar problemáticas como ésta, para vislumbrar cómo se está reflejando en los medios y qué mensaje pretende dejarnos.

La Entidad para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de la Mujer (ONU Mujeres) ya ha resaltado la falta de denuncia o cuestionamiento existente en torno a este asunto, apuntando que “es hora de alzar la voz para desterrar la cultura de la violación, cuestionar los desequilibrios de poder históricos y poner fin a la violencia sexual” (2019, párr. 9). Y es que no podemos combatir un tema sin decirlo en voz alta, desmitificarlo y despojarlo de tabúes. Así que, por más que nos incomode, es momento de hablar del abuso sexual —no desde el morbo— sino desde la mirada crítica que denuncia al sistema que protege y reproduce esta cultura.

Ahora bien, para profundizar en la problemática de la violación, es necesario partir de un concepto más amplio: la violencia de género. Así, ésta se concibe como el resultado de “una serie de costumbres sociales, que imponen el uso de la fuerza en contra de las mujeres en una situación de subordinación respecto del hombre, sea verbal, institucional o física” (Sigríður, 2013, p. 105).  Producto de las normas culturales que prevalecen en la sociedad patriarcal, esta forma de violencia se caracteriza por tres ejes: la invisibilidad, la normalidad y la impunidad.

Es a partir de estos elementos que la cultura de la violación toma forma al constituirse como “el entorno en el cual la violencia sexual infligida contra la mujer se naturaliza y encuentra justificación tanto en los medios de comunicación como en la cultura popular y en el sistema de justicia” (Marshall University Women´s Center ctd en Bandera, s.f., p. 1). Observemos, por ejemplo, los titulares de algunos periódicos reconocidos en México:

  • “Jovencita se emborracha en fiesta patronal y la violan camino a casa” (Excélsior, 2020)
  • “Niña termina a su novio y el joven le prende fuego” (Periódico AM, 2019)
  • “Mujer habría sido asesinada por no calentar la comida a su marido” (Radio Fórmula, 2018)

Es posible notar un punto de encuentro en los encabezados, donde las formas de violencia ejercidas sobre la mujer encuentran su justificación en el hecho de que éstas sean percibidas como transgresoras al disrumpir las normas o condiciones esperadas dado su género (beber alcohol o no servir la comida). En otros casos, su disyuntiva con un hombre la convierte en el blanco de ataque, pues no se espera que rechace las propuestas “románticas” (no puede decir “no”, ni rechazar a quien fuera su pareja).

La problemática de la normalización de la violencia de género no sólo radica en la magnitud de las formas de abuso, sino también en que al naturalizarla la consideramos inherente y, por tanto, inamovible a la condición de la mujer. ¿Qué quiere decir esto? En tanto inamovible, reproducimos la idea de que ésta es la realidad que nos tocó por el hecho de ser mujeres, que no podemos hacer nada para combatirla, es decir, que somos víctimas de nuestra condición histórica y que esto es lo que va a continuar siendo porque es lo que siempre ha sido. Lo anterior es, por supuesto, falso, ya que nos hallamos ante un mecanismo que se ocupa para que nosotras no critiquemos o cuestionemos al sistema patriarcal.

Regresando al tema de la violación, Sharon Marcus[1] plantea que ésta no debe ser percibida como una de “las realidades que circunscriben la vida de las mujeres” (Hawkesworth ctd Marcus, 2002, p. 63). Lo anterior se debe a que esta concepción les otorga un estatus como individuos “inherentemente violables” y, a su vez, mitifica la violación añadiéndole un “tono apocalíptico” (Marcus, 2002, pp. 62—63). Es decir, como un hecho (horror) que va más allá de nuestra comprensión, lo cual limita —como resultado— su discusión.

En su lugar, propone entenderla como un hecho lingüístico y así comprender el abuso sexual en su relación con el lenguaje. De esta manera, se plantea que “un violador sigue un guion social y representa estructuras convencionales, genéricas, de sentimiento y acción que buscan envolver a la mujer blanco de la violación en un diálogo que está sesgado en contra de ella” (Marcus, 2002, p. 67).

Así, adoptando roles sociales que se insertan en la sociedad patriarcal, este guion o discurso al que se refiere Marcus se puede vislumbrar en el filme a través del diálogo que establecen los personajes de Jake Ryan —el jock o atleta— y Ted —el geek o nerd— donde, después de una fiesta, el primero le comenta al segundo lo siguiente:

I could get a piece of ass anytime I want. Shit, I got Caroline in the bedroom right now passed out cold. I could violate her ten ways if I wanted to.

A través de esta conversación, de forma directa se construye una narrativa donde —en última instancia— su violación es justificable, entendible e incluso esperable:

She doesn´t know shit about love. The only thing she cares about is partying.

A su vez, este comentario sobre el personaje es una forma de degradarla con el fin de exaltar a la protagonista quien es, en contraparte, una chica encantadora, pura, virginal y —por tanto—amable, no merecedora de una violación. En él se manifiesta abiertamente la idea del abuso sexual, misma que encuentra su “justificación” en el hecho de que Caroline (quien es su novia) se halla inconsciente y, por tanto, incapaz de negarse debido al estado de ebriedad en el que se encuentra.

Si en un primer momento se puede vislumbrar este vínculo entre violación y lenguaje principalmente a través del personaje de Jake, es Ted quien —en última instancia— abusa sexualmente de Caroline. Aquel acto desmitifica la idea de que el violador es un “monstruo” o enfermo sexual que vive al margen de la sociedad, además de romper la imagen que a menudo presenta al geek (quien no representa la masculinidad hegemónica) como un individuo amigable e inofensivo.

Lo anterior, de acuerdo con Marcus, ocurre porque la capacidad de violentar (verbal, física o sexualmente) “depende más de cómo [el agresor] se posiciona a sí mismo socialmente en relación con ella que de su supuesta fuerza física superior” (Marcus, 2002, p. 67). En este sentido, ocurren tres momentos claves en torno al abuso sexual:

-Jake entrega a una inconsciente Caroline a Ted a cambio de las pantaletas de Sam. Es decir, ocurre una transacción donde la chica es tratada e intercambiada como un objeto. Incluso le afirma al chico que ésta no notará la diferencia y la engaña al decirle que se está yendo con él, su novio.

-Para recordar esa noche, Ted pide a sus amigos que lo fotografíen abrazado de Caroline, quien continúa en estado de ebriedad. No hay consentimiento alguno.

Estos dos momentos reflejan lo que es en esencia el pacto patriarcal, cuyo acuerdo tácito dado entre los personajes masculinos de la película los lleva a proteger e incluso incitar las acciones de sus amigos. Cuán diferente serían los hechos desencadenados si en alguno de ellos cupiera, ya no la cordura de no llevarse a una chica inconsciente, sino en detener a quien perpetuaba los hechos. En su lugar, cada uno de ellos suma al crimen cometido contra Caroline, apuntando que en mayor o menor medida —como sociedad— somos culpables de esta cultura de la violación que prevalece.

-Finalmente, cuando concluyen que tuvieron sexo (aunque ninguno de los dos parece recordarlo, dotando la escena de cierta ambigüedad que atenúa la magnitud de los hechos) y, al cuestionarle si disfrutó el encuentro ella responde “You know, I have this weird feeling I did”.[2]

¿Qué actitud nos queda tomar ante este tipo de películas que —en tanto tecnologías de género— normalizan la violencia contra la mujer y la presentan incluso como un tema humorístico? En el auge de la cultura de la cancelación, como mujer y como feminista, no pretendo ignorar la amplia tradición de discursos que nos han ridiculizado, violentado o subyugado. En su lugar, retomo la idea propuesta por la teórica Teresa de Lauretis, cuyas palabras adquieren eco en nuestros días: confrontar los discursos con la teoría feminista.

El análisis presentado aquí es apenas un esbozo que ofrece una de tantas miras a la violencia sexual, problemática latente aún en nuestros días. En este sentido, la discusión no está concluida. Más allá de la risa y la comedia, sirvan filmes como Sixteen Candles para reabrir el diálogo en torno a la cultura de la violación, dentro y fuera del cine, en el margen de una sociedad machista, misógina y patriarcal. Ya sea desde la teoría, la crítica o la práctica, está en nuestras manos construir una narrativa nueva para las mujeres, una donde la violencia de género no sea nunca más la realidad que nos trastoque.

Para construir una sociedad en la que no conozcamos el miedo, tal vez tengamos primero que asustar de muerte a la cultura de la violación

Sharon Marcus

Bibliografía


[1] Profesora de Literatura Comparada en la Universidad de Columbia que presentó el ensayo “Cuerpos en lucha, palabras en lucha: una teoría y una política para la prevención de la violación” mismo que obtuvo lecturas críticas por parte de Sylvia Brownrigg, Judith Butler, Jennifer Callahan, Susan Maslan, Mary Poovey y Joan Scott.

[2] En un artículo escrito para el New Yorker en el 2018, mismo que se titula “What About ‘The Breakfast Club’? Revisiting the movies of my youth in the age of #MeToo”. la actriz Molly Ringwald apunta que “she had to have a feeling about it, rather than a thought, because thoughts are things we have when we are conscious, and she wasn´t”.

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