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Poesía y Humanidades

10 poemas de MAJ NAVAKA (Perú) | PR1MERA LÍNEA: Catálogo Curado de Poesía Internacional

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10 poemas de MAJ NAVAKA. #Poesía Peruana
PR1MERA LÍNEA: Catálogo Curado de Poesía Internacional


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           La maldición de Góngora, escaso
talento si no se esculpe el detalle:
si deja amorfo el pasaje y la calle;
si el pelo y el rostro como de payaso.
           Dijo Quevedo que en el bar me ponga
a emborracharme con ricos pendejos,
me tire a los transexuales más viejos
y cuan Tartini bohemio, componga.
           Pero ninguno de ellos habló de Kavana,
del fuego que invoca su cara fantasmal,
del llanto de la conciencia de la no cara,
del áspero tiempo que se convierte en piedra,
de la belleza muerta por nuestro propio mal,
de la inclinación natural a la tragedia,
           de las noches de lágrimas y espantos
de esa soledad que nos hace locos
autistas ocultos en almohadas
hechas sus esperanzas poéticas ‒
infinito drama de la persona
símbolo masoquista de la musa.

X

           Llegué a vaciarme, saqué del plástico
muerta carne ‒ vi su cuerpo de niña ‒
se hizo fea ‒ ahora se extendía
la noche, y yo, de nuevo huesos de un ático.
           En la mañana, consumí sin amor
voluntad del cuerpo ‒ impulso del hambre ‒
repitiendo la nocturna Costumbre ‒
y al terminar, márgenes perdió el cuarto.
           Se fue ‒ y ojos pegados al cemento,
sin marihuana ni nada que embrutezca,
prendí la laptop: gemidos, cruda masa
           con masa choca y decora fragmento
de tiempo ‒ dejé de tenerte cerca,
perdí los pies, la dirección, la cabeza.

X

           El tiempo se hace blanco cuando el día
nos aplasta con baños de sudores,
cuando horas vomitan los celulares
y vuelve la idea de tu distancia.
           Solo piensan en surfear los ojos
‒ el estómago flaco solo grita ‒
y muestra su brillante luz erótica
el Iphone como una stripper frente a ellos.
           Veinticuatro horas pasadas en blanco
susurran que para morir vivimos
con un gran cerro sobre el pie que avanza.
           Mares de información donde me estanco ‒
los garabatos que nunca entendimos
hacen tus manos única esperanza.

X

           Quisiera ver tus lunas de caoba
siempre, pensar que el parque es nuestro mundo,
los juegos nuestro cielo ‒ moribundo
martillo olvidar, ignorar la escoba.
           Soñador sin talento, de su alcoba
rebelde, dejé ese nauseabundo
estudio y ahora dejaré inmundo
pasaje de drogas y sexo ‒ boba
           inocencia buscaba compañía.
Compraré el chancho, pensaré en tu otoño
de soles todas las horas del día;
           porque hoy me ahogo en este silencio,
mar de chamba, cadena que a lo moño
llevo, rutina en la que me sentencio.

X

           Sigo viendo esos videos
que alguna vez grabamos
tu madre y yo,
y me pregunto qué pasó,
¿fue la cerveza o las rojas fisuras
que pintaron las muñecas?
           Sigo recordando el amor,
y pienso que quizás sigo amando,
o que amo el recuerdo de haber amado,
o que si hubiera amado no estuviera aquí,
emborrachándome como aquél hombre
que alguna vez quise matar.
           Veo la cerveza que queda, tristemente,
y recuerdo
como por obra de un milagro venenoso
que tengo unos centímetros de whisky
en el depósito de emergencia,
y otra vez a llorar,
imaginar tu cara,
pensar la distancia,
la voluntad, mis manos,
la libertad que no tengo,
la fuerza que murió quién sabe cuándo
y el sueño de las fotos familiares
rasgadas en el álbum.

X

           Yacen las madres en el piso
con sus colchas de caramelos,
con las agujas del frío
penetrando sus poros,
congelando sus vellos
y lanzando ventiscas a espacios
de estómagos con náuseas.
           Viajan los escalofríos
entre corazones palpitantes ‒
por brazos que se adormecen
por la falta de un pan francés ‒
           Las Negras Sombras
de los pabellones
lamen los cuerpos
con su lengua ‒ húmedo manto
de indiferencia.

           Despiertan preguntas burocráticas
caras legañosas de hielo ‒
articulaciones desengrasadas
y manos que se frotan.
           Unos diez minutos antes de la sentencia
preguntan todos por los cupos:
“Hemos pasado una noche aquí, señor,
esperamos poder coger una cita ahora,
la otra vez estuvimos esperando desde las once
del día anterior
para que cuando llegáramos a la ventanilla
nos dijeran
‒ Ya no hay, vengan mañana más temprano ‒”
           Y yo ‒ entre ocho y nueve cupos hoy, señor ‒
señora, suelen salir de 8 a 15 cupos al día, esperemos hoy
puedan coger uno ‒ jóvenes de caras largas,
¿en qué chucha se han metido?
           ‒ Tiemblan las referencias en sus sitios,
pensando hoy mañana y pasado
pero maña del mañana nicagando
que no me alcanza pa tanto ‒

           Llegan las victorias para quienes sacrifican
veinticuatro sangres ‒ quizás treinta y seis ‒
y se quejan los derrotados
o preguntan cómo cuándo y por qué
o pitean sus palabras como pájaros de gargantas hidrogenadas
o se van arrastrando sus caras
por un suelo de espejismos.

X

           Despierto, murieron esos segundos
que parecían infinitos y reales ‒
estaba enamorado, no habían males ‒
y me volvieron a tierra los párpados.
           Salgo ‒ veredas en las que los sesos
recuerdan tus fotos entre los cables
eléctricos, únicos musicales
acompañantes de vacíos sin besos.
           Eres la esencia de esta bruma gris,
encantadora de cuadros sin sentido,
despertante de ojos sin maquillaje.
           Revelas a los espectros y zombis
al fruto de Knausgard por lo vivido
y los secretos del nuevo paisaje.

           Culos discretos, penes vagabundos
yendo en autos de fantasías carnales,
ganchos pal telo, sigilosos metales
que a los bolsillos vacíos: furibundos.
           Ruedan los emolientes con sus vidrios
tintineantes, sus panes con tamales
y torrejas, siempre puntuales
para los de pocos lujos: los misios.
           Vuela negra paloma sobre el mostro,
vuela noche sobre el habla rasposo
por rones y alergías ‒ gira, ve atrás:
           una cara que se asusta del rostro
que teme de ese otro temeroso
de una cara que teme de las otras.

X

           Cuerpos gravitan entre viejos marcos,
sudor en colas, nubes de bacterias,
masas anónimas y cacofonías
entre angustias por riesgos quirúrgicos.
           Miradas perdidas buscan chalecos,
sudorosos poseedores de mapas,
misántropos de cerebros de lapas
de preguntas y resonancias de ecos.
           Fuego sobre los asientos podridos
agravando de los culos su llanto,
atorándose por pasajeras formas.
           Óxidos huesos, cerebros molidos,
humos de pescado muerto, espanto,
trapos rancios pellejos, vendas enfermas.

X

           Vivo de sueños ‒ de viajes y aventuras
no cumplidas,
de los perros de la sicosis
y la adicción al sexo ‒
de las broncas borrachas
reveladoras de penas ‒
llantos y juramentos
de botellas y sonajas.
           Vivo de mis sueños ‒
lejanos paseos en piscinas
donde Kavana coge mi mano
con su radiante sonrisa ‒
y el abrazo es una atadura
de carnes que hierven el alma.

           Vivo de calles
que susurran siluetas
que cobran vida en el silencio,
de madrugadas que en sus bocas llevan
taxis con cadáveres estáticos ‒
de iglesias que como madres cubren
vagabundos perdidos en sus colchas.
           Vivo de calles
entre lunas y soles ‒
de motos espectrales
y caminantes sospechosos,
de clínicas de mármol
con zapatos de abuelos ‒
de los pocos buenos días
lanzados a la multitud
que al salir el sol
acumulan paraderos sin holas.

X

           Esta madrugada ‒ un libro abierto ‒
cerro de cavernas de sueños y viajes.
           ‒ No es perfecto el humano pero su obra ‒
perfecta bomba de guerra ‒ perfecta división ‒
perfecta asimetría matemática ‒
           La búsqueda será larga ‒
entre polvo sin amigos ‒ con el hilo temporal
acariciándome el cuello ‒ con la inutilidad del amor ‒
con los sentimientos que destruyen La Forma ‒

           Morirá el punto de fuga,
se desvanecerá La Brasil
           en mecánicas meditaciones
               sobre las mínimas piezas
                   que configuran el Mundo.
           Dejarán de asechar los taxis,
de espantar los silencios interrumpidos ‒
Volverán las personas a ser
maniquíes embrujados ‒
           Se desvanecerán los chillidos ignorados
de los semáforos vigilantes ‒
las sordas almas en pena
calculando sus monedas ‒
las soledades paseando
sus estúpidos perros ‒
la insoportable necesidad de sueño
y de salud infantil.
           Hay un Mundo
en la articulación adolorida,
en las varices que estallan,
en las ojeras, en el morir o morir lentamente
que se plantea cada día, en la imposibilidad
de la empatía sintomática y carnal.

           La silla será la base para armar la ciencia ‒
catálogos de fantástica homogeneidad,
de especificación caricaturesca ‒
           Serán los Compañeros masas sin neuronas,
bestias que se moverán por el clima, pies que como moscas
construirán torbellinos silenciosos, caminos de caracoles
y espirales que se repiten.
           Se encerrarán a los tigres
bajo la mano y sus cayos,
calmará Manuela
a los perros salvajes
y a las serpientes en hongos.
           Nos olvidaremos del mundo
por el Mundo.
           Las razones suficientes
calmarán la inteligencia, harán firme el paso ‒
Y Kavana, lejana utopía, descansará inconsciente ‒
perdida bajo la luz de Plutón ‒


Maj Navaka

Maj Navaka, Lima, Perú. Autodidacta. Actualmente trabajando en el Instituto Nacional de Salud del Niño.

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