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Poesía y Humanidades

¿A dónde van? | Ojos abiertos #13

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Ojos abiertos #13, una columna de María del Rosario Acevedo Carrasco


Si algo tiene la existencia son interrogantes, parece que entre más sabemos más ignoramos. Pero existen algunas dudas que jamás han sido resueltas y que, quizá, jamás lo sean; como el motivo de nuestra existencia, del universo que nos rodea, cómo llegamos al inicio, y una que a veces no nos deja dormir por las noches: ¿qué pasa después del fin?

La muerte es un fenómeno universal, lo que nos ha hecho temerla y sentir un respeto un tanto retorcido por ella. Pero independientemente de nuestro contexto cultural y la relación individual que tengamos con el concepto de la muerte, todos nos hemos preguntado alguna vez qué ocurre después de esta.

Las respuestas son tan inexactas como infinitas, pues los únicos que pueden decirnos con certeza qué hay, o si hay algo, ya no se encuentran con nosotros. Sería imposible enumerar todas las creencias que se tienen respecto a la vida después de la muerte, pero exploraremos algunas de las más importantes.

De manera general, antes del auge de las religiones judeocristianas no existían el cielo y el infierno, la mayoría de las culturas creían que existía algo “más allá”, como el Mictlán de los Aztecas, que se entendía como un camino temporal del alma para que finalmente regresara a la naturaleza y se reintegrara a ella, a su origen. Con el catolicismo, surge la idea de que el destino final del alma dependerá de cómo sea la persona en vida, de sus actos, sus creencias y su fe, siendo los dos posibles caminos la salvación o el sufrimiento eterno.

Pero no todas las culturas creen en el más allá, y el hinduismo es la prueba clara de otra posibilidad, quizás un poco menos atractiva: La reencarnación, entendiendo este concepto como la transmigración del alma hacia otro cuerpo al momento de morir; nacer de nuevo, con un cuerpo diferente pero la esencia intacta. 

Aunque la reencarnación no es una creencia tan generalizada, su análisis resulta interesante. Se ha estudiado durante años la existencia de vidas pasadas y cómo nuestra conciencia y nuestro cuerpo físico cargan con recuerdos de las personas en las que habitó nuestra alma antes. En este sentido, adquieren importancia detalles como las marcas de nacimiento y las historias que cuentan los niños recordando cuando eran una persona diferente.

Los misterios de la muerte han intentado ser descubiertos sin éxito aún. Es indudable reconocer que la evidencia más sólida que tenemos en la actualidad se debe a las personas que ha tenido experiencias cercanas a la muerte y que narran lo que vieron, contribuyendo a las creencias que se tienen como ver pasar la vida frente a los ojos, ver un túnel de luz, encontrarse con seres queridos que ya han fallecido o simplemente desprenderse del cuerpo. Sin embargo, nada de esto ha podido respaldarse científicamente por una razón: Necesitaríamos estar muertos para comprobarlo.

Si bien existen innumerables teorías y hechos relativamente fundamentados, la realidad es que lo que ocurre después de morir es un misterio y lo seguirá siendo hasta que nos llegue el momento de hacerlo. Pero, si sabemos esto ¿Por qué la insistencia en querer averiguar algo que es imposible?

Considero que más allá de la esperanza de reencontrarnos con quienes hemos perdido, esta duda patológica tiene una base fundamental: El ego. El ser humano es tan egocéntrico que es incapaz de concebir que, en algún momento de su ciclo, va a desaparecer sin dejar rastro. Así, sin más, como si jamás hubiera existido. Más allá del legado que dejemos en la tierra, somos conscientes de que eventualmente la civilización llegará a su fin y con ella nuestras huellas, todo lo que fuimos en vida.

Nos negamos a pensar que somos tan insignificantes, que con el cuerpo muere la consciencia y todo lo que somos terminará bajo tierra, necesitamos saber que vamos a trascender más allá de la muerte. Ya sea en un “más allá”, rodeados de las personas que amamos y nos amaron, o en otro cuerpo, teniendo la opción de reiniciar y volver a vivir en otro cuerpo y en otro tiempo, pero con la misma conciencia.

¿A dónde van los muertos?

No lo sé, no creo tener una respuesta y probablemente no la tenga hasta que sea mi momento. De lo único que tengo certeza, es que los muertos no se van. Su esencia se queda con nosotros e impregna cada lugar donde estuvieron, a todas las personas con las que compartieron su vida; están en el aire, en la lluvia y el mar, en nuestro llanto y en las risas amargas al recordar los momentos felices. Están en lo que fueron y lo que nunca pudieron ser, en nuestros sueños y anhelos, en el desconsuelo y la tristeza, en la resignación.

El cuerpo muere, pero el alma permanece y llena las ausencias.

Aunque al final, las ausencias jamás pueden ser llenadas, no del todo. Y nuevamente nos encontramos cuestionándonos y peleándonos con una figura que no terminamos de entender, con un concepto que nos atrae y nos aterra al mismo tiempo.

Con la muerte, el misterio más grande de la vida y que, irónicamente, conoceremos solo al final de ella. 

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