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¡Basta de alta cultura! La literatura y el brutal sentido de la realidad | El espejo enterrado #28

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El espejo enterrado #28, una columna de Daniel Luna


El arte a lo largo de la historia se ha convertido en un instrumento de reubicación social el cual obedece a los intereses particulares de las clases altas, quienes dirigen la producción de las obras y sus discursos. Lamentablemente, la literatura también sucumbió a ese sistema de consumo en el cual los privilegios de unos pocos moldearon las técnicas de los artistas y las temáticas sobre las cuales se podían escribir.

Aunque en la actualidad este sistema ya no está arraigado a toda la visión del arte escrito, aún se conserva la idea de que la literatura es un sistema de inmortalización de pensamientos refinados y sentimientos profundos los cuales se encriptan dentro de los libros. Sin embargo, la experiencia humana va más allá de lo sublime por lo que su desahogo no es unidireccional.

Gracias a la emancipación de estas doctrinas la literatura contemporánea se consolidó en un espectro de relatos tan ajenos a las tradiciones como familiares para sus lectores, pues en ella las narrativas son diversas y mundanas que logran representar todos los estados de ánimo en una persona durante su andar cotidiano.

Además, los escenarios donde se presentan las historias son terrenos frecuentes para los eventos que hasta ahora eran distribuidos de manera oral entre los conocidos de los protagonistas, pues dichos relatos se formularon como índices de la brújula moral en pequeñas comunidades cuya visión ética es prescindible ante las necesidades. Característica olvidada en el formato escrito lo cual permite leer los acontecimientos sin limitaciones sociales al ocultarse en la ficción.

Un ejemplo de lo anterior es la antología que Carlos Velázquez presentó durante 2010, La marrana negra de la literatura rosa, en la cual se encuentran un total de cinco cuentos bajo los títulos; No pierda a su mujer por culpa de la grasa, La jota de Bergerac, El alíen agropecuario, El club de las vestidas embarazadas y La marrana negra de la literatura rosa.

En estos relatos, es posible observar fragmentos de un ambiente amorfo el cual guarda un sin número de semejanzas con la experiencia de cualquiera. Situaciones y personajes que constituyen una novedosa estructura para sus relatos. Lejos de la forma clásica, la narración fluye por todas las situaciones inscritas en la naturaleza de cada actante por lo que se logra romper la sutileza con fuertes embates de cruda realidad.

Además, un aspecto interesante de la obra de Velázquez es la consolidación de la voz norteña como una clasificación más acertada y actual de las nuevas narrativas. Con este ejercicio se agrega un toque jovial a los relatos pues se combina la presión extranjera con lo anglicismos y la autenticidad proporcionada por los regionalismos del extremo norte mexicano.

Por todo lo anterior, varios críticos han señalado a este autor como “el llamado al cambio en la recepción de la literatura mexicana” y al mismo tiempo “un referente de la iconoclasta de la visión norteña”. Debido a que en el fondo de cada publicación se encuentra un formula sencilla, pero interesante la cual hace que el lector satisfaga el morbo de conocer el final de cada situación. ¿Hasta qué punto está dispuesto a llegar un hombre gordo por complacer a su esposa? ¿Cuál es el final de una prostituta homosexual que busca una vida glamurosa? ¿Cómo un adolescente con síndrome de Down se convierte en una estrella musical? ¿De qué se trata un club de vestidas embarazadas? ¿Por qué una marrana negra le inspira a un hombre a escribir literatura rosa?

Finalmente, la presencia de esta recopilación demuestra que en la literatura no necesitamos metáforas que sopesen nuestros errores para disfrutarla, sino una voz honesta de la cual acompañarnos en nuestras imperfecciones. El arte también reivindica la vulgar condición humana y satisface el registro de aquello que por mucho tiempo se intentó ocultar.

Las historias más repulsivas son las que mejor nos representan. Basta de fingir que la literatura no se encarga de preservar estas perspectivas. No todo lo inmortal es excelso pues, del mismo modo, las bajas pasiones y tabúes deben perdurar en la memoria y propagarse a través del “fino” acto de la lectura.

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