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Poesía y Humanidades

De una nueva realidad, que poco a poco se apodera de los escapistas | Rozatl a través del tiempo #14

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Rozatl a través del tiempo#14, una columna de Stefanía Gómez Angulo


El mundo es un lugar hostil. Ya sean las fuerzas de la naturaleza, las normas sociales que debemos seguir, incluso la agresión constante de las personas o de las situaciones, es lógico que muchos queramos escapar un rato de esta realidad, o tal vez por más que un solo rato.

El método de evasión predilecto por muchos, antes, ahora y mañana, son los libros, los cuales nos transportan a otros lugares y tiempos. Son capaces de hacernos olvidar un poco nuestros problemas. Con los avances tecnológicos, se han inventado otras formas de huir, como el cine, y las redes sociales. Sin embargo, hay un modo que combina un tipo de narración literaria con el cine, pero que transforma al espectador en actor, pues uno es quien tiene el control, el que toma las decisiones: el videojuego. Esto provoca que sea más fácil perderse en ellos, en esta la realidad virtual. Se puede tener una segunda vida, en paraísos coloridos o en ambientes distópicos. Uno elige. Pero, ¿qué pasaría si se llevara esa vida virtual al mundo real? ¿Llegará el momento en el que la separación entre ambas realidades desaparezca?

La mayoría de los videojuegos siguen una estructura épica, en la cual somos el héroe de la historia, aquel que debe superar varios obstáculos con ayuda de fuerzas sobrenaturales o pistolas para rescatar a la princesa, salvar al mundo, lograr ser el criminal más buscado o vencer a puño limpio a nuestros oponentes para proclamarnos máximos vencedores. También hay juegos en los que se tiene que resolver un misterio, podemos encarnar a nuestro deportista favorito y ganar las hojas de laurel o competir en una carrera de autos. Todos tienen algo en común, como cualquier juego: la promesa de la victoria, de ser alguien importante en una historia, en un universo; algo demasiado bueno como para dejarlo pasar. Me parece que comienza a ser un poco peligroso cuando sólo se cumplen misiones y se derriban obstáculos en aquel pasatiempo y no en el triste mundo de los vivos. Hay que tener presente que ni todos los triunfos ficticios juntos podrían borrar los fracasos reales.

Por un lado, los defensores de los videojuegos afirman que estos son beneficiosos, ya que estimulan el razonamiento crítico, la coordinación visual-motriz, la imaginación y el trabajo en equipo. Además, algunos cuentan con la posibilidad de interactuar con personas de cualquier parte del planeta, incluso pueden ser una herramienta útil para aprender un idioma. Por otro lado, los detractores argumentan que normalizan la violencia, disminuyen la actividad física de las personas y, en general, son una pérdida de tiempo. La verdad, yo he tenido poco contacto con el mundo virtual. He jugado, pero nunca he cumplido misiones o llegado hasta el final, aunque he de admitir que me he divertido mucho, y aburrido también, como con cualquier medio de entretenimiento. A pesar de esto, entiendo las preocupaciones de los afligidos padres de familia, sobre todo, en los efectos a largo plazo de esta irrealidad en jóvenes sin criterio o sin la madurez suficiente para distinguir entre ambas existencias. No obstante, pienso que el límite entre una y otra se hace cada vez más difuso para todos.

Lo virtual está intentando alcanzar a la realidad. ¿Cómo? Por medio de los avances tecnológicos. Lentes y demás aditamentos que introducen a la persona al juego, para que lo explore, camine y “toque”, animaciones más realistas, personajes polifacéticos, con aciertos y errores son algunas de las estrategias que usan los creadores de estas ficciones para que creamos que estamos ahí de verdad, para que esta distracción se convierta en parte de nuestra vida. He escuchado de casos en los que la gente simplemente ya no puede dejar de jugar, no puede alejarse de esa quimera. Lo que me recuerda a alguien en especial.

¿Qué pasaría si los jugones virtuales decidieran llevar a la realidad su irrealidad, tal como don Quijote, quien se creía el héroe de su propio libro de caballerías? Todo dependería de la preferencia del jugador. Podrían matar tortugas y comer hongos para salvar a su amada. Otros golpearían a transeúntes, robarían autos y provocarían a la policía para ganar puntos; total, consecuencias no hay. Muchos manejarían sus autos sin ninguna precaución, a toda velocidad o rodarían para ir de un lugar al otro. Algunos más nos deleitarían con sus ocarinas y guitarras de plástico. Asimismo, varios intentarían desafiar las leyes de la física o arriesgar su vida; de todos modos, tenemos más de una. Lo que sí es seguro es que, si hubiera una guerra o un apocalipsis zombi, sobrarían soldados altamente entrenados. Entonces, ¿el mundo sería más caótico? No lo creo. Muchas de esas cosas ya pasan en la realidad, y no necesariamente son causadas por personas que deseen o crean que viven en un videojuego.

Pienso que escapar un momento de nuestra vida mundana es necesario. Todos tenemos problemas, unos más que otros, pero si se tiene tiempo libre y se cuenta con los recursos para gastar en libros, máquinas o videojuegos, entonces significa que nuestras vidas no son tan malas. Siempre y cuando lo virtual sea un pasatiempo y no un anhelo porque sea nuestra principal existencia, podemos hacer lo que queramos, sin lastimar a otras personas o a nosotros mismos. Porque, ¿qué vale más al final de nuestros días?, ¿que seamos héroes fantásticos o que seamos recordados por nuestras buenas acciones, nuestra búsqueda por la justicia y lo que hicimos para mejorar esta complicada realidad?

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