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Poesía y Humanidades

¿Desbiologizar la letra es un acto de equidad? | Transgresiones #07

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Transgresiones #07, una columna de Brenda Cedillo Martínez


Durante mediados del año 2021, la escritora chilena Diamela Eltit al recibir el Premio Internacional Carlos Fuentes a la creación literaria en Bellas Artes, hizo un llamado en su discurso a desbiologizar la literatura. Un concepto que resonó en el ámbito literario y que significa para algunos círculos una propuesta novedosa, ante una ola de reivindicación de la escritura partiendo de la diversidad de los cuerpos, el género y el sexo; pero que también ha sido criticada por considerarse una postura que confronta el espacio que, con bastante esfuerzo muchas mujeres escritoras han moldeado.

La autora de Lumpérica enfatizó que en la actualidad la letra se encuentra genitalizada y que se halla sumergida en el binarismo, colocando como muestra el que se hable acerca de la “escritura de mujeres”, la cual señaló como una etiqueta literaria reduccionista de la literatura e incluso del trabajo creativo de las mujeres, funcionando como un obstáculo para democratizar la literatura, y para construir una equidad en ella.

Por lo regular, el concepto de desbiologización propuesto por Diamela ha sido retomado por círculos académicos para realizar una crítica acerca de la “etiqueta”. Tal es el caso de la UNAM que, en el marco de la Feria Internacional del Libro de las universitarias y universitarios del presente año, se realizará un seminario por parte de Vindictas sobre narradoras hispanoamericanas, en el cual se encuentra una sesión dedicada a estrategias para la desbiologización de la literatura, con la finalidad de imaginar un horizonte pospatriarcal donde el rescate de la escritura de las mujeres deje de ser una tarea necesaria, como declaran en el resumen del seminario.

Este concepto es incluso cooptado bajo un lente teórico impulsado por la Dra. Rosa Beltrán -actual coordinadora de Difusión Cultural de la UNAM- del pospatriarcado, el cual se ha trabajado en otros talleres de la misma institución educativa, como una propuesta que parte de los imaginarios, más no de la estrategia política ni de la memoria que construyen los afectos, pues según este enfoque, partir siempre de los memoriales, la acción y la protesta, no genera comunidad. Este discurso, cabe destacar, expone un “esfuerzo” totalmente somero para construir una entidad educativa con mayor inclusión y equidad, que en su realidad dolorosa está allanada por la injusticia, la misoginia y el clasismo.

Como es posible advertir, el concepto ha empatado con discursos institucionales en pro de la equidad y la democratización de la letra. Pero ¿es en verdad la desbiologización de la letra una estrategia que aporta al imaginario del pospatriarcado? Y si es cierto, entonces ¿reconocer la “literatura escrita por mujeres” es un “nudo reduccionista” que obstaculiza la misma reivindicación de nuevas narrativas?

Es necesario recalcar que la literatura escrita por mujeres no es solo una categoría literaria o una casilla en las librerías para facilitar su hallazgo por los consumidores de esa literatura, como la perspectiva que dibujamos aborda el nombre. Nombrar “literatura escrita por mujeres” es un posicionamiento político que permite construir desde el poder de la memoria esbozada mediante los afectos, la agencia histórica-política de las mujeres enraizado en la lectura y reescritura de las experiencias e historias de los cuerpos por generaciones.

El suelo que ha mantenido a la escritura de las mujeres es el reconocimiento de que las mismas comunidades de mujeres se reescriban desde su lugar de madres, hijas, víctimas y sujetas políticas. 

El territorio de la literatura no es un campo de flores. Es un espacio que se ha incendiado y reconstruido en su paso por el mundo. Un territorio cercado para las mujeres, como bien se ha señalado durante mucho tiempo por las mismas y que, ante la ofensiva, hemos decidido elegir leerlas, leernos, y de este modo, defender el territorio cuerpo-palabra, desde la misma letra, pero no desde los mismos conceptos o nombres para contar nuestras historias, sino partiendo del ejercicio de renombrar el mundo, para abrir otros horizontes de significado y praxis.

Bajo esta lectura, es indispensable tomar con cuidado conceptos como desbiologización de la letra, que aparentan colocarse desde una zona inclusiva, con el argumento de que el binarismo resulta ser injusto y excluyente, dado que al abrir los “polos” hombre-mujer conlleva a la opresión de alguno de estos.

Sin embargo, no considero que reconocer la literatura que realizan las mujeres sea un acto de exclusión o que sea un camino que conlleve necesariamente a concepciones binarias.

Resaltar las diferencias es necesario para trabajar en comunidad, no es posible de forjar redes comunicantes si caemos en una concepción que, en el fondo, vuelve homogéneo el paisaje. Es indispensable borrar aquello que totaliza las experiencias y las engloba en “neutros” que borran la diversidad y nos hacen volver a universalismos del canon literario, con el pretexto fiel de democratizar la literatura; un juego que el patriarcado conoce a la perfección. Incluso, si la meta fuera realmente democratizar la literatura, por definición no podría ser encerrarla en el ideal universalista, sino en mantener las diferencias, no borrar las identidades, sino sostenerlas nombrándolas.

Los espacios literarios en el que las diferentes voces (así de diversas como somos las mujeres) cohabiten, se continúan construyendo cuando los proyectos de difusión de la literatura escrita por mujeres se mueven, incluso cuando aplaudimos y defendemos el reconocimiento con premios a escritoras críticas de las estructuras de poder, por su labor creativo con base en la memoria colectiva que los afectos también construyen[1]. Dentro de la autogestión o no, estos actos funcionan como parte de una estrategia política-ideológica, dentro de la lucha que significa escribir desde la experiencia de ser mujeres.

En este territorio de la literatura vale más recuperar estrategias para recrear latitudes poéticas y habitarlas con nuestra voz, que nos ayudan a crear comunidad día a día, que pensar formas de existencia para cuando el patriarcado hipotéticamente ya no exista. Incluso, si tomáramos esa postura de sólo imaginar el patriarcado caer, como en un hermoso sueño, se tendría que sugerir que también han caído los otros mecanismos de opresión, como el clasismo, el racismo; los cuales son sostenidos en gran medida por el modelo neoliberal. No obstante, la relación de estos mecanismos nunca se aclara en tal visión de los imaginarios. Por tanto, resulta esta visión del pospatriarcado que ahora también va de la mano con la desbiologización de la letra, como una perspectiva marcada desde un lugar blanqueado y profundamente privilegiado.

Es lamentable que grandes escritoras críticas a los sistemas de opresión como Diamela, cuando se les ha colocado la diadema dorada de laureles, su discurso se siente a dialogar en favor del juego del editopatriarcado.

Regresar a la literatura “sin fronteras”, a ese universal para así “democratizar” y ser “incluyentes” (ideas que agregó Diamela para hablar acerca de desbiologizar la literatura) resulta contradictorio con su realidad porque demuestra la unilateralidad con la que se manejan los grupos de poder en el editopatriarcado, los cuales no permiten las narrativas que parten de las diferencias y complejidades que resultan de los cuerpos, ya que abrirles paso les significa peligroso para su status. Por lo que prefieren disfrazarse con un discurso que aporta a la inclusión, pero que en el fondo es para ocultar que sus estructuras, aún con el poder, son caducas.

¿Desbiologizar la letra es un acto de equidad? Como hemos señalado, al revisar el concepto de desbiologización de la letra y de la postura de los imaginarios pospatriarcales que al parecer respalda al concepto, en realidad agrega sal a la tierra de la lucha que mujeres escritoras han ido abonando durante décadas, para cosechar espacios literarios distintos, basados en el apoyo mutuo con distintas mujeres. Así que no, no es un acto de equidad, sino un concepto que minimiza el posicionamiento político e histórico de la “literatura escrita por mujeres” en un simple nombre que “excluye” a otros nichos y que, por eso es necesario quitar esas distinciones “genitalizadas” para así, democratizar y llevar a la equidad la letra. Pero en una visión donde no se reconocen las diferencias y las diversas necesidades que cada sector o grupo pueda tener con base en su contexto, no es posible hablar de equidad ni democracia.

Por tal, es indispensable continuar con la construcción de espacios, modelos, mitologías, testimonios que representen y transgredan nuestra realidad como mujeres latinoamericanas, ante la urgencia histórica sediente de memoria, y de este modo, impedir que estos discursos que no encuentran ni encontrarán el sentido de esta lucha por continuar juzgando desde un lugar patriarcal y privilegiado, prevalezcan aún más.


[1] El último caso famoso fue el del premio Xavier Villaurrutia que fue dado a la escritora Cristina Rivera Garza, por su obra “El invencible verano de Liliana” quien incluso ante este nivel de reconocimiento público e institucional, no salió exenta del comentario del escritor Felipe Garrido, quien criticó la falta de presencia del personaje feminicida en su obra galardonada. Esto es un ejemplo del modo de leer literatura que rechaza ciertas formas en que la escritura de las mujeres reivindica sus historias y que no dan mayor protagonismo a hombres, sobre todo feminicidas.

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