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Poesía y Humanidades

Ella es la puta, ella es la insaciable | Meditación en el umbral #12

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Meditación en el umbral #12, una columna de Fabi Bautista


“Si a todas nos dicen putas, hagamos lo que hagamos, entonces ser puta es lo que tenemos en común” reflexionaba Minerva Valenzuela en el 2011 tras asistir a una marcha por la paz en la Ciudad de México. Las paradojas del escrutinio público y la violencia en medio de un espacio de manifestación social en pos de la justicia y la dignidad la llevaron a escribir una columna que la convertiría en el parteaguas para la Marcha de las Putas, manifestación llevada a cabo ese mismo año en la capital del país.

Inspirada en el SlutWalk canadiense, esta marcha forma parte de un movimiento de protesta internacional que denuncia los abusos y agresiones sexuales en contra de la mujer. La actriz, docente y defensora de los derechos humanos no imaginaba el eco que replicarían sus palabras; más de 5,000 mujeres asistieron portando consignas que reclamaban una vida libre de violencia. Así, la Marcha de las Putas no sólo se consolidó como una reivindicación del peyorativo con el que la sociedad nos ha enjuiciado, sino también como un acto revolucionario de protesta ante un mundo hostil donde:

—El 35 % de las mujeres ha experimentado alguna vez violencia física o sexual por parte de una pareja íntima.
—137 mujeres son asesinadas diariamente por miembros de su propia familia.
15 millones de adolescentes de 15 a 19 años han sufrido abusos sexuales.

A cargo de ONU Mujeres, estas cifras —contundentes, y por demás, aberrantes— develan la situación de violencia que nos rodea sea cual sea el espacio en el que nos hallemos insertas. Esta realidad, que durante siglos parecía inamovible y natural (el destino que nos tocó por el hecho de ser mujeres), es la condición ante la cual voces imperantes de todo el mundo se han unido bajo el ideal de cambio y liberación.

Es dentro de éstas que se halla Meena Kandasamy, poeta, traductora, novelista y activista india. Centrando su línea temática y crítica en el feminismo, la identidad lingüística, el género y el sistema de castas, la autora refleja en sus obras una conciencia política a través de una visión imponente y revolucionaria a las atrocidades y problemáticas del mundo contemporáneo. “La mujer que se rebela, se revela” declaraba el poeta José Coronel Urtecho refiriéndose a la también escritora y activista política Gioconda Belli y, en la obra de Kandasamy, estas palabras son certeras nuevamente.

Incluido en su antología Ms Militancy (2010), el poema “Backstreet Girls”[1] juega con el título a partir de una doble referencialidad, pues el término ha sido empleado para referirse a las personas provenientes de un estrato social bajo, mientras que las backstreet hoe son las mujeres consideradas promiscuas por tener varias parejas sexuales. Estos elementos aluden a la condición social de la mujer, categorías que, junto con la pertenencia a la cultura tamil, son los ejes que Kandasamy ha reclamado en su proceso de escritura para construir una identidad propia. “Backstreet Girls” exhibe a las mujeres que viven su feminidad desde parámetros que han sido fuertemente criticados e incluso vetados por la sociedad. En este sentido, se presenta una dedicatoria inicial:

Para la policía de la moral

En países como Arabia Saudita, Irán y Malasia, se le conoce como policía de la moral a los funcionarios religiosos o cuerpo policíaco encargados “de implementar las estrictas interpretaciones de la moral islámica” (BBC Mundo, 2016, párr. 2) cuyo código penal se basa en la sharía. De esta manera, son ellos quienes vigilan que se cumplan los códigos de vestimenta, como el uso del hijab, tener la cara y cuello cubiertos (para las mujeres), además de no usar cosméticos. Asimismo, penan fuertemente el sexo extra y premarital, entre otras medidas. Dependiendo del tipo de violación cometida a la ley islámica, los castigos pueden ir desde la prisión, pagos monetarios o flagelaciones; medidas contra las cuales diversos grupos han protestado.

No es oportuno, sin embargo, imponer nuestra visión occidental a otras culturas. Tomémoslo, en cambio, como un punto de partida para contextualizar el poema y la carga simbólica inserta en éste. Es así como a partir del título y la dedicatoria podemos esbozar una idea general que nos remite a una poesía transgresora, lista para denunciar sin tapujos, con rabia y decisión, el ser mujer más allá de las imposiciones que el mundo ha construido para nosotras porque es lo que debemos ser, porque nuestro lugar en la sociedad es ser sumisas, castas y abnegadas.

Esta mujer, ella es la puta. Y esa chica
de ahí, ella es la insaciable. Y yo soy
la perra con tatuajes sobre la impúdica cadera.
Esta oscura dama ha bramado en su discurso,
Esta otra golpea oro como una bruja de medio tiempo,
Y yo soy una arpía con veranos en mi nombre.

Puta, perra, bruja y arpía son peyorativos reproducidos por el discurso patriarcal con el fin de subyugar la posición de la mujer en la sociedad. De esta manera, le recuerda que de no cumplir con el rol establecido es una infractora que merece ser rechazada, castigada o violentada. Cuántas veces el “eso te pasa por comportarte como puta” ha sido la justificación que la sociedad encuentra para validar la condición de inequidad e injusticia que sufre la mujer, para excusar el maltrato, abuso o acoso producto de la violencia sistemática y estructural que rige la sociedad.

Y es que nombrar a las mujeres como putas, perras o cuales sean los calificativos que se nos ocurran, no sólo perpetúa la violencia simbólica a través del lenguaje, sino que nos permite voltear la vista a problemáticas machistas y misóginas de las que todos somos partícipes. Es decir, cuando yo le digo a otra mujer que “eso le pasó por fácil”, por ejemplo, no sólo la revictimizo, sino que estoy exonerando a quien comete el acto de toda culpa, pensando que si yo me comporto de tal o cual manera —como una dama y no como una puta— yo no recibiré ese trato, porque soy distinta, porque a los ojos de la sociedad tengo valor al actuar como se espera de mí.

Con las lenguas desatadas, tragamos soles.
Firmes como putas, desvestimos hombres al azar.
Sin sueño, hay polvo de estrellas en nuestros párpados.
Y sí, queridos míos, todas somos amigas.

Con lenguas desatadas, porque el lenguaje es también resistencia, y es a través de éste que resignificamos el valor que la sociedad nos ha dado, porque sabemos que nuestro lugar ya no se halla en el silencio, en aceptar el destino que nos tocó por ser mujeres. Todas somos amigas, no sólo apela a la sororidad —idea que ha tomado fuerza en los últimos años— sino a reapropiarnos de los peyorativos (“si a todas nos dicen putas, hagamos lo que hagamos, entonces ser puta es lo que tenemos en común”) y resignificarlos. Hemos sido nombradas putas, incluso entre nosotras mismas, para coartar nuestra libertad, para exhibir y castigar a la mujer que decide vivir fuera de la norma, a la que goza libremente su sexualidad, pero ya no más.

No habrá sangre en nuestra cama matrimonial.
No somos aquellas a las que eliges para ser tu esposa.
No somos aquellas a las que puedes dar una sentencia de por vida.

La periodista española Violeta Molina apunta que “la virginidad es un mandato cultural machista aún vigente en muchos lugares del mundo que se utiliza para someter a las mujeres” pues “todavía, para muchos, la pureza, el honor, la honra e incluso el valor de las mujeres viene determinado porque esté intacto su himen” (2018, párr. 1—2). Para la sociedad machista, misógina y patriarcal, sólo la mujer virginal es digna de ser esposada, sin que deba olvidar el dicho popular que debía regir su vida marital: “una dama en la calle, una señora en su casa y una puta en la cama”.

Por su parte, la idea de matrimonio como “sentencia de por vida” no resulta extraña al recordar que —en tanto institución— éste ha tenido para las mujeres implicaciones legales, sociales e históricas que perpetúan la desigualdad y reproducen formas de violencia. Pensemos, por ejemplo, en los matrimonios arreglados[2], en la violencia conyugal o en que la mujer no tenía derecho a la propiedad privada y, por tanto, en caso de divorcio, ésta corría el riesgo de quedarse sin hogar y sin ningún bien.

Si los versos de Kandasamy son por sí mismos una reapropiación del lenguaje y la feminidad, tomémoslos entonces para resignificar lo que histórica, social y culturalmente ha implicado ser mujeres libres. Vivir nuestra sexualidad y revalorizar lo femenino es un acto de resistencia, de (re)construirnos en una sociedad que espera de nosotras la abnegación, la sumisión y el silencio. La que no calla, la que no teme, la que cuestiona, la que lucha, la que sueña, la que transgrede…ella es la puta, ella es la insaciable.

PUTAS… Porque así nos han llamado por salir de casa, por salir a trabajar, por salir a estudiar, por habernos hecho una ligadura, por tener más de una pareja, por proponer sexo, por andar con minifalda o escote, por salir de noche, por coquetear, por abortar, por andar solas, por decir no, por rechazar, por ser mujer y amar a otra mujer, por contestar, por gozar el placer sexual, por decidir no ser madres, por usar anticonceptivos, por divorciarnos, por negarnos a cumplir los roles establecidos, por habernos negado a vivir la violencia, por no ser puras y virginales.

La Marcha de las Putas, Ecuador.

Clic aquí para leer el poema en su idioma original: https://www.tandfonline.com/doi/abs/10.1080/02690055.2012.714155?journalCode=rwas20

O, puedes encontrar la traducción en el siguiente enlace: https://circulodepoesia.com/2017/04/poesia—hindu—meena—kandasamy/


Bibliografía


[1] Traducción en voz de Andrea Rivas, poeta, traductora y ensayista mexicana.
[2] El Centro Internacional para el Estudio de la Mujer apunta que — a nivel mundial— “diez millones más de niñas menores se casan cada año; una cada tres segundos” (Carranca, 2013, párr. 12).

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