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Los Out—Landers | Deconstruyendo la otredad #12

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Deconstruyendo la otredad #12, una columna de Beli Delgado


Siempre que hablamos de otredades en esta columna, enfocamos la importancia del contraste y las formas negativas distintivas, debido a que están mayormente presentes en el discurso y estructura social, sin embargo, hay otredades que se introducen de diferentes maneras, la que pensé en esta ocasión es la “jerarquía positiva” —no creo que exista algo como una jerarquía amable, más bien sería cuestión de discriminar prioridades, preferencias, funcionalidades… en circunstancias especificas de elección y necesidades—.

Sin embargo, a lo que refiero con la “jerarquía positiva” en este momento, es al papel del extranjero—mayormente la idea del europeo blanco— en México, en vista de que suele ser considerado de manera positiva. Existe la admiración de los mexicanos hacia cierto tipo de extranjeros —aquellos de “mejor” imagen, incluso por encima del mexicano mismo, nuestro típico: malinchismo—. Cabe resaltar, no obstante, que existe la discriminación de los indígenas mexicanos dentro de esta jerarquía que favorece al extranjero.

Desde esta perspectiva entendemos a la discriminación del indígena ubicándolo como un otro —al que le dedicaremos una columna más adelante—, esto nos lleva a un punto muy interesante desde la identidad del mexicano, para con dos tipos de otredades construidas: el extranjero y el indígena mexicano. Una otredad positiva y privilegiada contra otra que adquiere los tintes opuestos, lo curioso es que la “otredad negativa” forma parte de la identidad —en este caso la mexicana— que es la que designa. La identidad  mexicana parecería, entonces, incapaz de reconocer su propia pertenencia dentro de cierta gama.

Considero que una identidad se genera a partir de los otros, y construye y jerarquiza otredades bajo sus paradigmas de aspectos favorables —o no—, desde sus límites e ideas de construcción del otro. Por ello existen malas y buenas ideas de los “otros”. Sin embargo, también existen ideas negativas acerca de ciertos extranjeros en México, en casi cualquier parte de mundo hay cierta tendencia a preferir a unos extranjeros, y a otros —más que no aceptarlos— se les margina.

Uno de los múltiples ejemplos de ello, me viene con la saga histórico ficticia compuesta de ocho títulos de Diana Gabaldon, que ha sido adaptada a la gran pantalla: Outlander (2014, 2015, 2016, 2017, 2018, 2020), cuenta con seis temporadas producidas y disponibles en Netflix. La protagonista se llama Claire Beauchamp, una enfermera casada con Frank Randall en 1945. Sorpresivamente, Claire termina envuelta en un viaje en el tiempo, hacia el pasado —Escocia, 1743—, donde conoce a James Fraser, se enamora de él y sufre conflictos no sólo románticos de compromiso, sino acerca de su porvenir y su adaptación al “nuevo”—antiguo contexto político, social y de cuidados de salud.

Claire es una forastera y tiene dificultades por serlo al principio pero, a lo largo de la saga, algunas veces obtiene ventaja e incluso protección por serlo—esencialmente cuando necesita ayuda del imperio británico en la sublevación a favor de Jacobo II de Inglaterra y VII de Escocia—, porque para ese momento, se encuentra con sus compatriotas que están colonizando.

La figura del forastero, del extranjero, del otro que no pertenece a los mismos territorios, a lo largo de la historia ha supuesto expectativas distintas y marcadas dependiendo del lugar y características de la persona, si bien puede ser recibido y adorado, también puede ser temido y desdeñado. Ahora, sencillamente hay que tener en cuenta que un forastero no es un conocido nuestro y tampoco de nuestras tierras, es una persona distinta que posiblemente necesita ayuda, información o consejo. Independientemente del estigma o idea que conlleven ciertos aspectos de cómo luce o habla.  

Aquellos que son de “fuera” y que no son como nosotros pueden parecer una amenaza que ante todo juzga y se diferencia, son una otredad que puede ser abrazada o rechazada en vista de lo que represente para el lugar al que llega, el otro como forastero siempre es un misterio que se puede ir desvelando lentamente, para ver lo positivo o negativo que, desde nuestra perspectiva, aporta o resta. Todos somos forasteros de otras partes, mantener una mente abierta para ver cómo funcionan las ideologías y culturas de otros espacios es indispensable para ser un extranjero que disfrute otros lugares, antes que hacer críticas negativas: un lugar no tiene que ver con otro y las comparaciones son inútiles e insípidas. Los forasteros como otredades directas suelen cargar con aspectos que construyen sus identidades, es por eso que hablar de ellos desde la generalidad es complicado, a pesar de ello, la idea se mantiene, el extranjero es una otredad espacial y personal, general y particular.

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