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Ni noviecita santa, ni esposa abnegada: hablemos del ideal femenino | Meditación en el umbral #17

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Meditación en el umbral #17, una columna de Fabi Bautista


“Me gusta cuando callas porque estás como ausente” es el verso inicial al poema 15 de Neruda. Conmovedor al momento de su publicación, en la actualidad ha sido reinterpretado en miras de la perspectiva de género para criticar la pasividad femenina a la que alude el poeta chileno. Y es que la figura de la mujer no es ajena al arte. Por el contrario, como símbolo, hemos sido objeto de múltiples representaciones artísticas en cuyas manifestaciones ha quedado plasmado el ideal femenino.

Así, bajo la idea de inspiración, cualidades como la belleza, la entrega y la docilidad han sido exaltadas en pro de un eterno femenino que —se supone— debería caracterizar a la mujer buena, la mujer dulce, la mujer deseada, en fin… a la mujer amada.

Una mañana me había levantado más temprano que de costumbre. Me quedé asombrado mirando lo que pasaba. Entró por el fondo de la casa, como una estatua oscura que caminara, la mujer más bella que había visto hasta entonces en Ceilán, de la raza tamil, de la casta de los parias.

[…]

Se dirigió con paso solemne hacia el retrete, sin mirarme siquiera, sin darse por aludida de mi existencia, y desapareció con el sórdido receptáculo sobre la cabeza, alejándose con su paso de diosa.

La narración anterior forma parte de Confieso que he vivido, memorias de Pablo Neruda, escritor al que referí al inicio del presente. Esta obra póstuma, cuyos extractos recopilan los eventos acontecidos durante el verano de 1929, cuando el escritor fue nombrado cónsul de lo que en la actualidad es Sri Lanka no es, sin embargo, el objeto de nuestra discusión el día de hoy. Aunque, dignos de un análisis literario por sí mismos, estos versos y narrativa abren discusión en torno a las implicaciones del ser mujer al reflejar en sus líneas lo que se ha concebido como el ideal femenino.

Ahora bien ¿a qué refiero con éste? En líneas generales, podemos conceptualizarlo como una serie de organizadores que se articulan a partir de “las representaciones sociales acerca de los géneros, la moral que los legisla y las normas que los rigen” (Carril, 2000, párr. 19). En otras palabras, lo que debe ser un hombre o debe ser una mujer está definido social, histórica y culturalmente, no es un atributo eterno ni mucho menos natural.

Llamamos mujer ideal, metafóricamente, a la que atesora todas las cualidades y perfecciones distribuidas entre las demás mujeres, a la que flota sobre la generalidad, a la que puede servir de arquetipo.

de Flaquer, s.f. párr. 2

No es en vano que diversas autoras han dedicado parte de su producción literaria a criticar con sagacidad, ironía y audacia el eterno femenino[1], la feminidad y el supuesto privilegio de ser mujer[2]. Una de ellas fue Rosario Castellanos, escritora, diplomática e intelectual mexicana considerada una de las figuras más importantes del feminismo en Latinoamérica. Como autora, incidió en todos los géneros literarios, además de fungir como articulista para diversos diarios. En esta ocasión, me remitiré a su paso como colaboradora del periódico Excélsior, donde criticó sin rodeos el ideal de feminidad que caracterizaba a la mujer en México:

Cuídate de los altares. Jamás se te ocurra subirte a uno ni como hija modelo, ni como noviecita santa, ni como esposa abnegada ni muchísimo menos como madre mexicana.

Más que una sugerente recomendación, la apertura de su texto se constituye como una advertencia a todas las mujeres. La poeta ya lo enuncia como un presagio: cuídate de ser exhibida cual adorno en un pedestal, cuídate de los ideales, cuídate de las expectativas inalcanzables que jamás podrás satisfacer.  Para la psicoanalista argentina Emilce Dio Bleichmar, son cinco los elementos que han articulado la feminidad tradicional, y no es coincidencia que éstos remitan a lo que plantea Castellanos:

Ser “la mujer del hombre”

Es decir, que nuestro valor resida únicamente en ser la novia, esposa o pareja de alguien.

Poner la meta de su ideal en el hombre

Se interpreta como delegar en él la concreción de los deseos que, se supone, no deberíamos aspirar para nosotras mismas (Carril, 2000, párr. 23). Es él quien debe alcanzar metas profesionales, personales, intelectuales, académicas, etc., nosotras ni siquiera deberíamos anhelarlas.

La maternidad como meta suprema

Ésta es la “prueba definitoria de la pertenencia al género femenino” (Carril, 2000, p. 24) porque en ella se materializan las cualidades de abnegación, sacrificio y entrega que están supuestamente determinadas por nuestra naturaleza biológica. Cuántas de nosotras, por ejemplo, hemos sido cuestionadas al plantear que no aspiramos a tener hijos como si esto fuera por sí mismo una aberración a nuestro género, un golpe a la feminidad o un deseo antinatural.

Ideal de cuidados. Extensión de las funciones de maternaje hacia otras relaciones y vínculos.

La idea de maternidad supone un lazo de cuidados y atención entre madre e hijo, no obstante, Marcela Lagarde plantea cómo éstos se extienden también hacia “los otros”, pero ¿quiénes son estos otros a los que refiere la antropóloga?

Son sus padres, sus cónyuges, sus hermanos y los parientes de su esfera de vida. Pero los otros son también personas ajenas e incluso desconocidas para ellas, el requisito consiste en que cuiden de ellos de manera directa o por medio de sus cosas, y que lo hagan física, afectiva, erótica e intelectualmente, en cualquier momento y circunstancias de la vida de ambos […] (2005, p. 249)

En síntesis, la idea de cuidados es una entrega total hacia “los otros”, que son básicamente todos, por lo cual la mujer deberá dedicar su vida siempre a los demás, nunca a ella misma. Ese debe ser el sentido de su existir.

Ideales centrados en la seducción, la belleza corporal y la juventud, como atributos necesarios para sentirse femenina y obtener el amor y el reconocimiento del hombre.

En este apartado podríamos mencionar cómo en la sociedad patriarcal existe el culto al cuerpo, un rechazo a la edad, a las arrugas, a las canas, las manchas o todo aquello que denote el envejecimiento y por tanto, la pérdida de la tan deseada juventud. Si el valor de la mujer está ligado a su belleza física, la “pérdida” de ésta indica que ya no es útil a la sociedad y entonces habrá que esconderla, desecharla o simplemente negarla. Siempre habrá una versión más joven, más nueva, más inocente, más ad hoc a las cualidades que en ese momento son exaltadas.

[…] cada minuto de sus vidas, las mujeres deben realizar actividades, tener comportamientos, actitudes, sentimientos, creencias, formas de pensamiento, mentalidades, lenguajes y relaciones específicas en cuyo cumplimiento deben demostrar que en verdad son mujeres.

Lagarde, 1990, p. 3

Siempre te dirán que puedes ser más dulce, más dócil, más entregada, más delgada, más jovial, más bella, más, más, más… y esta sobrecarga se vuelve asfixiante no sólo porque reside en una artificialidad, sino porque supone lo que deberíamos ser pese a nuestros propios deseos, metas y anhelos. Se promete un felices por siempre, el reconocimiento de la sociedad o un amor idealizado como premio a esta entrega abnegada, a cumplir cual adoctrinamiento con estas cualidades, pero la realidad es que no habrá recompensa alguna.

Cumple con tus deberes y no aspires a recompensas imaginarias porque son un fraude, ni a recompensas reales porque son un sueño de opio.

Rosario Castellanos publicó estas líneas hace más de cincuenta años y, sin embargo, aún en la actualidad podemos mirarlas a través del espejo para hallar a la hija modelo, a la noviecita santa, a la esposa abnegada y a la madre sacrificada como los pilares que conforman la figura de la mujer. Y la crítica de ninguna manera está dirigida hacia quien, por decisión propia, se identifique con cualidades tradicionalmente femeninas o tenga el deseo de vivirlas.

La intención es revalorizar los hitos que conforman la femineidad y entender que, en calidad de ideales, estos atributos son —ultimadamente— inalcanzables. Ninguna mujer podrá satisfacer jamás nunca las expectativas de la mujer ideal porque ésta simplemente no existe, es una exaltación exorbitada de lo femenino. No busquemos entonces convertirnos en la mujer ideal, en su lugar, aspiremos a ser mujeres reales, mujeres llenas de contradicciones, mujeres que resignifican su existencia a partir de sí mismas y no de lo que se espera de nosotras. Por ti y por mí, por menos altares y más mujeres reales.

Pero si es necesaria una definición
para el papel de identidad, apunte
que soy mujer de buenas intenciones
que he pavimentado
un camino directo y fácil al infierno.[3]


Referencias bibliográficas


[1] Obra de Rosario Castellanos publicada en 1975 en la que critica las ideas de la feminidad.
[2] Tomado del poema “Autodefinición” de la escritora chilena Teresa Wilms Montt.
[3] Fragmento del poema “Pasaporte” de Rosario Castellanos.

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