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Poesía y Humanidades

No soy la mala del cuento (primera parte) | Meditación en el umbral #20

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Meditación en el umbral #20, una columna de Fabi Bautista


La princesa ingenua, la bruja mala, la madrastra cruel… la representación de las mujeres en la narrativa universal se ha centrado en una visión que constantemente divide su identidad en dos categorías: las buenas y las malas del cuento.  Sobre las primeras ya conocemos la historia, la pureza y dulzura que irradian las hacen merecedoras del tan esperado “y vivieron felices por siempre”, el único pecado es quizás aquella desbordante inocencia que las lleva a toparse con mujeres despiadadas. La mala del cuento es otra cuestión, de ella conocemos su crueldad, su envidia y su deseo de poder, sea éste en forma de amor, de riquezas y fortuna, o de reconocimiento.

A menudo, la presencia de esta última deriva en el conflicto principal de la trama, representando el mal al que la protagonista debe sobreponerse para lograr su final feliz. Sea en los cuentos que acompañaron nuestra infancia o las películas que marcaron nuestra juventud, podemos encontrar un patrón donde la representación femenina, si no es que escasa, se reduce a una visión dicotómica (buena-mala), que borra la complejidad del individuo, en este caso la mujer. Y si bien las tendencias actuales han apostado por mostrar personajes más reales y dinámicos —o al menos esbozos de— es cierto que aún se halla, arraigado a nosotros, un imaginario sobre lo que implica ser la mujer buena o mala.

A propósito de lo anterior, la académica y literata mexicana Rosario Castellanos menciona en su obra Mujer que sabe latín (1973) que “a lo largo de la historia […] la mujer ha sido, más que un fenómeno de la naturaleza, más que un componente de la sociedad, más que una criatura humana, un mito” (p. 9). Es decir, en vez de percibirnos como individuos complejos, participantes activas de la vida política, cultural y económica, nuestra imagen ha recaído en una mitificación. El problema de esto reside en que ya no se percibe a la mujer como “alguien de carne y hueso […] sino que advierte sólo la encarnación de algún principio, generalmente maléfico, fundamentalmente antagónico” (p. 9).

Y es a partir de este mismo antagonismo que menciona Castellanos, que la imagen de la mujer se relega a la bruja, la hechicera, la desalmada; la pecadora que encierra los males del mundo y, por tanto, debe ser castigada en tanto encarna una amenaza para el orden establecido. ¿Qué se esconde tras de ella? ¿Será acaso, más que un ser malévolo, una mujer que no cumple con los mandatos sociales? ¿Por qué nos empeñamos en temerle? Es sobre este cuestionamiento, el de la mujer mala y sus implicaciones, que se construyen los versos de Ana Elena Pena. De esta manera, la poeta española abre con lo siguiente:

Siempre fui para ti
“la mala del cuento”.
La bruja que devora a los niños
con la pancita llena de dulces
y envenena a las muchachas con promesas de libertad.

A través de estos versos se alude a un claro elemento intertextual, es decir, a la referencialidad de otros textos entre los cuales podemos encontrar Hansel y Gretel, la Bella Durmiente y Blancanieves, obras de los hermanos Grimm y Charles Perrault, respectivamente. Si bien la creación de éstos remite a los cuentos de hadas producto de la tradición oral, es posible encontrar elementos significativos en torno a la presencia femenina. De alguna u otra manera, estas historias se hallan marcadas por la presencia de mujeres malvadas; brujas y madrastras en cuyos corazones reside el odio hacia la inocencia, representada por la niñez o las mujeres jóvenes. Sin adentrarme en demasía a la figura de la bruja, es preciso mencionar que su imagen se ha reivindicado en la actualidad a través de una relectura a lo que éstas y su poder representaban:

La literatura ha descrito siempre a las brujas como pecadoras y culpables del mal de hombres inocentes. Sin embargo, la realidad es muy distinta. En la Edad Media, las verdaderas brujas eran mujeres generadoras de conocimiento que suponían un gran peligro para la superioridad masculina, ya se creía que las mujeres no debían alimentar su intelecto. (López, 2020, párr. 2)

Como se observa, la figura de la bruja no representaba una amenaza contra el bien de la sociedad, sino contra el orden patriarcal que, incluso en nuestros días, dicta la subordinación de la mujer ante el hombre, sea ésta de carácter físico, político o intelectual. Por otra parte, podemos mencionar que la idea de la bruja que come niños se acerca más, o bien, deriva de Baba Yaga, personaje del folclor ruso el cual “pasa de ser una auxiliadora materna a un villano caníbal” que ataca especialmente a los jóvenes (Excélsior, 2017, párr. 2). ¿Qué pretendo con esto? No más que cuestionar si nuestro miedo está bien apuntado, si no habría que temer más a quienes encendían la hoguera que a quienes fueron quemadas en ella.

La madrastra envidiosa,
la loba sedienta de sangre y juventud
que corre libre y salvaje
por los bosques inhóspitos
de tus pesadillas más tenebrosas.

La periodista Patricia Morales menciona en su artículo “Romper con el estereotipo de la madrastra”, que de éstas “conocemos también lo que nos dicen los cuentos tradicionales e infantiles, que sin duda alguna han marcado claramente esta figura con trazos negativos, y que sus valores y representaciones culturales han llegado hasta hoy día” (2021, párr. 4). Para vislumbrar esto, pone sobre la mesa diversos ejemplos, mismos que hallamos ya insertos en el poema:

Solo basta con buscar algunos ejemplos y surgen con rapidez. Como en Hansel y Gretel, donde la madrastra convence al padre para que abandone a los niños en el bosque; o la Cenicienta, que la madrastra utiliza a la hijastra de criada y le prohíbe ir al baile a conocer al príncipe. También en Rapunzel cuando la madrastra encierra a su hija postiza en una torre o en Blancanieves directamente la intenta matar. (2021, párr. 4)

Si el estereotipo de la madrastra se ha visto reforzado a través de estas narraciones, ahora cabe preguntarnos de dónde nace o, mejor dicho, por qué. La psicóloga Loreto Vega explica que “madres y madrastras se han construido como modelos dicotómicos” (como se citó en Morales, 2021, párr. 6) de manera que, la figura de la madrastra resulta terrible en tanto no responde al modelo de maternidad tradicional, donde sólo aquellas que den a luz son las “verdaderas” madres (es decir que, por ejemplo, ni las madres adoptivas ni las madrastras pueden cumplir con el papel de la maternidad como es debido).

Sobre esta línea, Vega —quien se especializa en perspectiva de género— apunta que “es necesario recibir ayuda y también avanzar hacia terminar con el estigma con el que carga esta figura, que es fruto del sistema patriarcal en el que vivimos, porque nace desde la competencia entre mujeres” (como se citó en Morales, 2021, párr. 6). Y es entonces que encontramos el meollo del asunto no en la mujer en sí, sino en la rivalidad que se plantea entre ellas, misma que puede ser supeditada a toda figura femenina; la competencia no se limita entonces a la madre y la madrastra, sino que puede ser también entre la madrastra y la hija, como lo es en el caso de Blancanieves, Rapunzel y Cenicienta.

Hasta este punto, he intentado desmitificar dos figuras que constituyen a la “mala del cuento”; la bruja y la madrastra. No obstante, y sin pretensiones de elaborar en torno a temas que sin duda merecen mayor espacio, la idea es reflexionar sobre cuáles constructos del orden patriarcal hemos forjado en nuestro imaginario a la mujer malévola. No hablo de cuestionar sus acciones, sino cuestionar por qué nos presentan estas imágenes de cierta manera y qué pretenden reforzar en nuestro inconsciente ¿por qué la madrastra siempre tiene que odiar a su hija? ¿por qué la bruja tiene que comer niños? ¿por qué el mal debe estar encarnado en la mujer? ¿por qué somos siempre nosotras las malas del cuento?

Esta entrega constituye el primer acercamiento a un fragmento de la poesía de Ana Elena Pena, puedes leer el resto del poema aquí:

https://www.facebook.com/yololitablog/posts/4098134376935594


Referencias bibliográficas

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