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De princesas y bichotas: laberintos de amor para amantes millenials | The trash can of ideology #18

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The trash can of ideology #18, una columna de Ángel de León


Frente a la pobreza de la realidad, la vida se pone a imitar al arte. En un lugar de la Mancha hubo un hidalgo venido a menos, hastiado de la mediocridad moral e imaginativa de una España en decadencia, que empezó con la inocente lectura de libros de caballería, y terminó por volver su vida una obra de arte, como si fuera un personaje de la corte del Rey Arturo, y los molinos de viento, gigantes, y las humildes labradoras, princesas encantadas.

Este viejo motivo literario-que acaso se remonte a la Ilíada, donde un grupo de locos se matan entre sí para imitar a los héroes de un pasado legendario-, lo repitió Flaubert en la figura de Ema Bovary, que no encontró mejor remedio al tedio del matrimonio que convertir el adulterio en una de las novelas cursis que le encantaban, donde seres mezquinos que, como quien dice, sólo la querían para coger, se volvían caballeros andantes cuyos mediocres cumplidos transfiguraba en poemas. Y qué decir de Dorian Gray, que se vuelca a una vida de excesos luego de leer A contrapelo, de Huysmans, la biblia del esteticismo.

Todos estos personajes pasan del humilde, inocente placer de la ficción como escapismo, como consuelo, al de la ficción como locura. Algo no muy diferente a lo que hicieron los fundadores del cristianismo, que agarraron la biblia de su libro de Caballerías, o a los delirantes filósofos que decidieron cómo iba a funcionar el mundo a partir de la lectura de los mitos de Platón. Las consecuencias de estas lecturas todavía las padecemos (y por qué no decirlo: también gozamos).

A nadie le es ajena pues, la experiencia de envenenamiento por ficción. Todos tenemos nuestros libros de caballerías. Lo que para Ema Bovary fueron las novelas cursis dieciochescas, para mí han sido las películas de princesas de Disney, y así he caminado mi vida, como el desquiciado hidalgo de Cervantes y la amante histérica de Flaubert, buscando con quien podría cantar las canciones de La Sirenita y de Aladino. Fantasía de fantasías: que nuestro amor fuera tal que pudiéramos, como en los musicales, de pronto, cantarnos ¿Eres tú?, de La bella durmiente, o Soñar es desear, de La Cenicienta.

Los seres humanos, que edificamos el mundo, sólo sabemos edificar laberintos. Laberintos de la razón, de la pasión, del inconsciente, de la historia, de la sangre, de las redes. Cada tanto alguien está seguro de haber matado al minotauro, de haber resuelto el enigma, pero cuando las alas de Dédalo se derriten al contacto con el sol, él y su padre se dan cuenta de que, en realidad, nunca salieron del laberinto.

El laberinto del amor nos aprisiona aún. A pesar de los discursos de deconstrucción, a pesar de la liberación sexual y el ideal del sexo del amor. Nos reímos del sueño de amor verdadero, nos reímos de la entrega, la cursilería y, en fin, la mutilación de la libertad para entregarse a otro: otro que es siempre tóxico, siempre peligroso, que amenaza con perturbar nuestra “salud mental”, nuestra “autonomía”. No necesitamos de nadie. Creímos encontrar en la liberación del sexo, en el amor líquido-amor sin amor-, en los encuentros de ocasión, una solución perfecta a las aporías del amor. Administrar nuestros afectos con una agenda: ser racionales para tenerlo todo y nunca renunciar a nada, la promesa de la sociedad de consumo y su ética hedonista. No necesitar de nada ni de nadie: he ahí la fantasía de nuestra época. Pero leemos mal a Freud, uno de los pilares de la libertad sexual y de la idea de que las cosas no se las hacen a uno, sino que uno decide dejarse afectar, cuando decimos que, para él, todo es sexo: para Freud, en efecto, todo es sexo, siempre y cuando recordemos que el sexo nunca es solo sexo. Habría que recordar, además, que si bien para Freud uno siempre está implicado en lo que le pasa, eso no significa que uno sea un sujeto de voluntad racional al que los otros no pueden dañar: semejante visión de las cosas es también neurótica, pues no podemos controlar lo que sentimos ni prevenirnos de las consecuencias del encuentro con el otro. En la juventud contemporánea el sexo deja de ser el fondo oculto de las ilusiones del amor y el matrimonio, para convertirse en símbolo y enigma: remite siempre a algo más, y en este callejón sin salida (que no es una pared, sino un páramo desierto, infinito y sin muros), nos enfrentamos a la soledad, el tedio y la confusión.

No creemos en el amor, pero constantemente sufrimos por él. La libertad sexual, transformada en un hedonismo que busca, en vano, conciliarse con la responsabilidad afectiva, es un mito que nos consuela al hacernos sentir tan distintos a las generaciones pasadas, pobrecitos, atrapados en ideas tan falsas sobre el amor y el sexo. A las canciones de las princesas Disney, que, ni modo, las escuchamos, se suman las rolas de Bad Bunny, la exaltación de las “bichotas” (ya nada de príncipes y princesas, ya nada de cursilerías), para construir los muros de nuestro laberinto.

Al final, el encuentro con el otro deja marcas en nosotros. No hay responsabilidad afectiva que vuelva inofensivo el contacto con otra piel, con otra alma: consumimos cuerpos, despertamos pasiones, representamos las ficciones que nos atraviesan-las que sabemos y las que ignoramos-, y ahí estamos, de nuevo, solos, ansiosos y deprimidos, compartiendo memes sobre lo lindo que sería una relación estable y luego sobre las ventajas de la vida loca-con intervalos de memes sobre el suicidio y la soledad-, indecisos entre la ficción del hedonismo y la ficción de la monogamia, indecisos entre comprometernos o dar rienda suelta a las pasiones. NO QUEDARNOS CON LAS GANAS DE NADA, es nuestra consigna. Pero con ganas de algo, es ley de vida, uno siempre se queda.

¿Cómo escapar del laberinto? ¿Entregarme sin tapujos, como Don Quijote, a vivir como si mi vida fuera una película de princesas de Disney? ¿O en un acto desesperado renunciar a un sueño largamente acariciado, para verme presa de otras ficciones, que yo tampoco elegí-ya estaban aquí cuando llegué-, y con las que, inevitablemente-nadie escapa a su tiempo, nadie escapa a su generación, por más que los odie-, colaboro?

Queda la salida de Flaubert y de Cervantes: no ser Ema ni Don Quijote, sino el narrador de sus desgracias. No ser ya el actor que actúa libretos ajenos: devenir actor creador, una Ema que se apropia de su historia y que deviene otra, ni heroína romántica ni mujer fatal. Ni princesa Disney ni bichota, ni príncipe encantador ni fuckboy. Otra cosa, que no está en las canciones ni en los manuales de responsabilidad afectiva que publican en Facebook, que hay que imaginar y descubrir.

Ahogados por las ficciones, que se han salido de nuestro control, estamos en las mismas de las que queríamos escapar: pues la ficción se normaliza (esa estúpida palabra que obsesiona a mi generación), y pierde su encanto. Escapamos a la ficción de la mediocridad de la realidad, de su aplastante falta de imaginación… pero entonces la ficción deviene realidad, que no creamos nosotros, que nos atraviesa en forma de discursos facebookeros, canciones y recuerdos… y todo se vuelve tan gris, tan monótono… y no hay lugar a dudas de que, tanto el amor como el sexo, son realidades que sufren por la falta de imaginación.

Pero el laberinto, a fin de cuentas, no solo es prisión: también es juego. Y el amor es más amplio-y también el sexo-de lo que nos han enseñado: las historias que nos contamos no abarcan lo que pueden ser.

No hace falta decir, pues es obvio, que no tengo una respuesta a estas interrogantes. Ensayar, sólo queda ensayar, y dar un par de pasos más allá de los que Ema y el Quijote pudieron dar.

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