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Entre lo superfluo y lo profundo: El enigma de la belleza en «El retrato de Dorian Gray» | The trash can of ideology #07

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The trash can of ideology #07, una columna de Ángel de León


Cuando El retrato de Dorian Gray salió a la luz, fue calificada de inmoral. No es difícil imaginar lo mucho que halagó eso a Wilde, que sin duda hubiera querido que su obra tuviera sobre sus lectores el efecto que sobre Dorian Gray tiene el libro que Lord Henry Wotton le obsequia tras la muerte de su primer amor, que le descubre las posibilidades de una vida de excesos sensuales y artísticos. Sin duda apenado, Wilde contestó que estaban leyendo mal su novela:

Me alegra que le guste Dorian Gray; lo han atacado por motivos estúpidos, pero creo que a la postre será reconocido como una verdadera obra de arte que contiene una fuerte lección moral. Y la moral es: todo exceso y toda renuncia llevan su propio castigo. El pintor, Basil Hallward, que como la mayoría de los pintores venera en exceso la belleza física, muere a manos de un individuo en cuya alma ha hecho despertar una vanidad absurda y monstruosa. Dorian Gray, que ha llevado una vida de meras sensaciones y placeres, intenta matar a su conciencia, pero en el mismo instante se mata él. Lord Henry Wotton no quiere ser más que un espectador de la vida. Comprende que los que rehúsan el combate quedan con heridas más profundas que quienes lo aceptan.

De acuerdo con las declaraciones de Wilde y con mi experiencia con la novela, considero que sus temas principales, y de mayor interés para la juventud contemporánea, dividida entre el culto a la imagen en redes sociales y el encono contra la normalización de lo “tóxico”, son la obsesión con la belleza física y la obsesión con la moral. ¿Pero qué significan estos dos conceptos, “belleza” y “moral” en el pensamiento wilderiano y cómo los pone en escena (y, por lo tanto, en conflicto) en la fábula de Dorian Gray? Wilde quería que por un lado, su obra fuera “tan delicada como una alfombra persa” y, por el otro, la consideraba “una fábula moral”. No debemos olvidar la profunda inclinación de Wilde por el pensamiento de Platón, ni su erudicción al respecto: Wilde había estudiado en Oxford lo que equivaldría a nuestra licenciatura en Letras Clásicas. De inmediato salta el conflicto a los ojos del lector, que Wilde hace centro de su novela: Platón, moralista obsesionado con el cuerpo de los efebos, consideraba la belleza como la manifestación del bien que, a través de la contemplación, nos conduce al mundo de las ideas. Frente a esto, Lord Henry Wotton, el personaje más enigmático y seductor de El retrato de Dorian Gray, experto en el método mayéutico que se comporta frente a Dorian como Sócrates frente a sus guapos aprendices, defiende una vida de excesos entre cuyas preocupaciones no se encuentra ninguna idea trascendente del bien. Lord Henry condena toda ley que la moral impone a los deseos del hombre como una forma de frenar su desarrollo, y mantiene una postura trágica respecto a los deseos reprimidos, que envenenan el alma y le impiden su sano desarrollo: “La mutilación de los salvajes sobrevive, trágicamente, en las renuncias que merman nuestra vida. La única forma de liberarse de una tentación, es ceder a ella”, señala, con ecos  epicúreos, pasados por el tamiz del espíritu decadente. Platón instaba a despreciar las apariencias; en La República tenemos a un anciano que, cuestionado por Sócrates sobre los horrores de la vejez, celebra haberse visto liberado del amor y del deseo, que encadenan al hombre: se ha liberado del cuerpo, para cultivar su alma. En cambio, Lord Henry declara que “la juventud es lo único que importa” y que “la belleza es el mayor de todos los misterios; hace príncipes a quienes la poseen”. Además, manifiesta cierto desprecio por la inteligencia y las cualidades del espíritu cuando le dice a Basil:

Tienes, por supuesto, cierto aire intelectual, pero la verdadera belleza termina donde empieza la expresión intelectual. Cuando pensamos nos ponemos horrorosos: uno es toda nariz, o toda frente, una cosa monstruosa. El delicado joven del que me has hablado no ha pensado nunca, estoy seguro: es una cosa hermosa que está ahí para cuando el calor nos agobie, y para recordarnos las rosas primaverales en el invierno.

¿Debemos pasar por alto este comentario como una broma ingeniosa? Una adolescencia dedicada a leer y amar a Wilde me enseñó que, para él, los momentos serios deben tomarse trivialmente y con mucha seriedad las bromas. Después de todo, son estos comentarios “lanzados al azar”, como Dorian los nombra, los que provocan su tragedia. “La seriedad es el último refugio de los huecos”, dice Óscar, y también “sólo los superficiales no juzgan por las apariencias”; así, tendemos a calificar a las personas que se fijan excesivamente en lo material y en lo físico de “superficiales, triviales, banales”, pero, ¿y si lo fuera verdad lo contrario? ¿Acaso no se toman esos atributos con una seriedad excesiva, religiosa, que limita su libertad y su capacidad de apreciar lo bello fuera de los estrechos márgenes de sus lineamientos estéticos? La dimensión metafísica que Marx aplica a la mercancía (“no es sólo el producto, sino el halo mágico que rodea el producto”), es aplicado por estas personas a cualidades materiales, a estereotipos, a riquezas, aunque en su discurso se describan como gente despreocupada y libre. Wilde realizar una curiosa inversión: a la superficialidad y estupidez de su tiempo (y del nuestro), opone la profundidad del artista, para quien todo, como para Platón, es apariencia. El artista no puede ignorar los símbolos, y comprende que la forma lleva el secreto del contenido. Cuando los ojos de alguien, azules o marrones, grandes o pequeños, bizcos o resplandecientes, se convierten en algo más que sí mismos, en una metáfora del amor y el deseo, estamos, verdaderamente, frente a la belleza, aquella que es descubierta por el ojo del amante en un detalle del cuerpo del amado, independientemente de los estándares de su época. ¿No es esto lo que sucede, a final de cuentas, con la apreciación que tanto lord Henry como Basil Hallward tienen de la belleza de Dorian Gray? Para el pintor, la pura presencia física de su hermoso modelo le sugiera “las líneas de una nueva escuela artística, ese sueño de belleza en días de meditación”. Para lord Henry Wotton, encarna “la inocencia de la infancia y el ardor de la adolescencia”. De tal manera que el significado último de la belleza para Wilde se acerca a la interpretación de Platón, con la diferencia de que, para Wilde, la contemplación de la belleza no conduce a nada trascendente al propio sujeto: la belleza es aquella cualidad que nos permite enamorarnos, y es a través de ese amor que podemos desarrollarnos plena y absolutamente, que es, cabe decir, el fundamento de la ética wilderiana. El retrato de Dorian Gray trata, entonces, de la transgresión de ese principio ético, lo que convierte la fábula moral de Oscar en una poderosa tragedia, cuyo tema es, justamente, la destrucción de la belleza, ese principio soberano que es, quizás, demasiado elevado tanto para el individuo victoriano como para el posmoderno. Hay un horror constante a la destrucción de la belleza, tanto en lord Henry como en Basil Hallward, que es transmitido finalmente a Dorian. Para lord Henry, ese peligro se haya en los peligros del pensamiento y de las buenas costumbres. Para Basil Hallward, en la influencia perniciosa que la moral decadente de lord Henry puede ejercer sobre Dorian. Basil desea ardientemente que Dorian no viva, que se mantenga convertido en un retrato, fuente de inocencia, mientras que lord Henry desea que Dorian acceda a todos los placeres que le permite su belleza, aunque sabe que ésta tiene que acabar. Dorian explota ante la manifestación de su belleza expuesta en su retrato, temeroso de que las nuevas experiencias de su vida la vayan a mermar. Le es concedido un terrible deseo: podrá acceder a todos los placeres imaginables, manteniendo su belleza y su juventud. A cambio, el retrato envejecerá por él y se ajará con sus vicios. La paradoja consiste en que la belleza perenne de Dorian es un engaño: el precio de su deseo consiste en la destrucción de su belleza, como queda patente en su cuadro. De manera que el remordimiento de Dorian consiste, simplemente, en la belleza perdida, la pérdida de su esencia y de su identidad en medio de placeres estúpidos que no le proporcionan felicidad. No son bellos, y la belleza se alimenta de belleza. En cuanto a la transgresión ética propiamente dicha, la efectúa lord Henry Wotton, quien considera toda influencia como inmoral, ya que hace que el individuo “piense los pensamientos de los otros, siente las emociones de otros… haga un papel hecho para otro actor”. De inmediato lo vemos decidido a influir a Dorian, de tal manera que el muchacho se ve arrastrado a buscar “el placer y nunca la felicidad”. Se trata de un placer aprendido, efímero, que no deja otra cosa que el tedio… Dorian no puede apreciar la belleza, porque no puede aceptar sus cambios, porque no puede captar su sentido más profundo. De tal manera que no se desarrolla: únicamente se degrada. La belleza nos eleva, necesariamente, nos hace conocernos a nosotros mismos y al otro, en cuya voz y en cuyos ojos descubrimos el misterio.

¿No caemos en el mismo engaño que Dorian cuando exigimos que, para gustarnos alguien, se ajuste al estereotipo o, peor aún, cuando nos exigimos a nosotros, para gustarle a alguien, ajustarnos al estereotipo? Al seguir estos patrones para enamorarnos, estamos actuando un papel escrito por otros. Lo cierto es que, nuestra sociedad, obsesionada con el físico, no sabe apreciar la belleza, como tampoco saben, a fin de cuentas, lord Henry y Basil, que hacen del aspecto material y efímero de la belleza de Dorian el fundamento último de su deseo. Y, como dice lord Henry, acaso sin entender enteramente el sentido de lo que dice: “la belleza es lo único que importa”.

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