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Poesía y Humanidades

Los «sepulchrum horrores» de la Roma Antigua | de la sección Cosas que encuentro

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Entrega de la sección Cosas que encuentro, de Sebastián Rivera


La antigua sociedad romana, desde sus tiempos más remotos —los de las Doce Tablas—, condenó las ceremonias de carácter mágico realizadas en el ámbito privado. Sobre las razones particulares se profundizará en otra ocasión; en su lugar, esta será oportunidad para mencionar una especialmente truculenta. El horror de las tumbas se refiere a la práctica de usar partes del cuerpo humano para estas ceremonias. Un ejemplo clásico lo proporciona Quinto Horacio Flaco en el quinto de sus 𝑬𝒑𝒐𝒅𝒐𝒔. En él relata cómo Canidia, presidiendo a sus ayudantes Sagana, Velia y Folia, mantiene secuestrado a un niño (de condición libre) al que pretende enterrar parcialmente hasta provocar su muerte por inanición, y con cuyas vísceras quiere elaborar un filtro que le devuelva a su amante perdido.

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«“¡Ah! Por los dioses que desde el cielo gobiernan la tierra y el humano linaje, ¿qué peligros amenaza ese tumulto, o qué significan todos esos semblantes enfurecidos contra mí? Si Lucina te asistió alguna vez en partos verdaderos, te suplico por tus hijos, por este vano honor de la púrpura, por Jove que reprueba tus maldades, me digas qué te mueve a mirarme como ceñuda madrastra o como fiera castigada por el hierro”.

Apenas el niño tembloroso prorrumpe en tales lamentos, despojando del vestido su tierno cuerpo que podría enternecer el pecho feroz de un tracio, Canidia, ceñida la frente y el áspero cabello de rabiosas víboras, ordena quemar en las llamas de Colcos las ramas del fúnebre ciprés y del cabrahigo que crece en los sepulcros, los huevos de la inmunda rana teñidos en sangre, las plumas del búho nocturno, las hierbas que produce Yolcos o Iberia, fértil en venenos, y los huesos arrancados a la boca de una perra hambrienta.

Sagana, muy solícita, esparce por toda la casa las aguas del Averno, con los cabellos rígidos como el erizo de mar o el jabalí en su carrera. Veya, que jamás sintió remordimiento por sus crímenes, anhelante de fatiga, cava con el duro azadón la tierra donde había de ser sepultado el niño que iba a morir ante el horrible espectáculo de la comida, que se le renovaba dos o tres veces al día junto a la boca, como el infeliz que se ahoga y consigue asomar la cabeza por encima de las olas, hasta que extrayéndole la medula y los ardientes hígados, pudiese componer un filtro amoroso, en el momento que la muerte apagase para siempre sus pupilas fijas en la vianda apetecida. Los ociosos habitantes de Nápoles y los pueblos circunvecinos creyeron que no faltó Folia la de Arímino, conocida por su varonil lujuria, y capaz de arrancar del cielo la luna y las estrellas con la voz de sus hechizos tesalios.

Entonces la cruel Canidia, mordiéndose con los negros dientes las uñas que jamás se cortó, ¿qué dijo o qué calló? Oídla: “¡Oh Noche! y ¡oh Diana!, compañeras fieles de mis empresas, que presidís el silencio, sedme propicias en la celebración de estos sagrados misterios. Ahora, ahora venid, que vuestro numen se revuelva airado contra las casas de mis enemigos, mientras las fieras se rinden al blando sueño en la fragosidad del bosque.

Que todos los perros de Suburra ladren a ese viejo adúltero, que provoca la risa general con sus esencias de nardo, tan perfectas como no supieron nunca elaborarlas mis manos. ¿Mas qué es esto? ¿Cómo resultan ineficaces los crueles venenos de la bárbara Medea, con los cuales antes de la fuga se vengó de su orgullosa rival la hija del gran Creonte, abrasándole el cuerpo con la túnica emponzoñada que le regalara el mismo día de sus bodas? Y eso que jamás me engañó ninguna hierba ni raíz oculta en los montes escabrosos. El perverso, olvidándose de mí, frecuenta los lechos perfumados de cien rameras. ¡Ah! Sin duda debe su libertad a los encantos de hechiceras más sabias. ¡Ay, Varo, cómo has de llorar tu desdén! Yo haré que vuelvas a mí, valiéndome de filtros nunca conocidos, y tales, que los cantos de los marsos no consigan devolverte la razón. Te preparo y has de beber una poción irresistible, y antes el cielo aparecerá bajo el mar y la tierra por encima del cielo que dejes de abrasarte en mi amor con la violencia del negro betún arrojado a las llamas”.

Al oír esto el niño, ya no pensó en mover a piedad tan infames Harpías con sus tristes quejas, y dudando cómo rompería su silencio, por fin prorrumpe en las maldiciones de Tiestes: “Vuestros hechizos y crímenes atroces son impotentes para mudar la suerte de los mortales. Yo os perseguiré acompañado de las Furias, y no hay víctima que expíe tan horrendas imprecaciones. Luego que haya expirado, pues ordenáis que muera, mi sombra os acosará por la noche, y os clavará en el rostro las corvas uñas, que los Manes tienen este poder. Introducida en vuestros corazones, os quitará el sueño con grandes terrores; las turbas, viejas indecentes, os acosarán por las calles a pedradas, y después arrojarán a los lobos y los buitres del Esquilino vuestros cadáveres insepultos. Este espectáculo calmará, ¡ay!, el dolor de mis padres, que han de sobrevivirme”».

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