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Poesía y Humanidades

Madres | Deconstruyendo la otredad #16

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Deconstruyendo la otredad #16, una columna de Beli Delgado

—¿Soy lo más importante del mundo?— insistí.
—Sí, claro— admitió ella.
— ¿De qué mundo?
—Sólo hay un mundo.
—¿Cuántos mundos tienes tú?
—Tres y medio— me respondió, tras una breve vacilación.
—¿Y en cuántos de esos mundos soy lo más importante para ti?
—Supongo que en casi tres de tres y medio. (2003, Kawakami)

A propósito de la celebración del diez de mayo[1] y de la descentralización de los estereotipos—que suelen llevar a la construcción y mantenimiento de las otredades— motivo principal de esta columna, me gustaría hablar de cómo erigimos las identidades como generalidades sin matices (lo que suele forjar la deshumanización de las figuras que construimos rígidamente), y cómo al paso del tiempo, sus flexibilidades naturales y necesarias terminan deformando el concepto riguroso. Es entonces cuando los matices minoritarios o individuales llevan a las imágenes a ser marginadas y muchas veces, por ello, a ser identificadas como “malas”.

Las madres como Aiko, en la novela de Hiromi Kawakami que lleva por título “Algo que brilla como el mar” (2003) tienen todo el derecho de poseer tres mundos y medio, y de tener diferentes centros porque además de madres, son profesionistas, amigas, parejas, con deseos y necesidades. Podría decir —o me gustaría que fuera, idealmente— que las mujeres son su todo y el plus de algunas es ser madres, que ello lo sienten como si fuera la cereza de su copa de helado, y que sus vidas después de dar a luz no se subordinan por completo a sus bebés. Pero, pocas veces —al menos en México— las madres consiguen ser más que madres. Sus vidas cambian radicalmente, ya no alcanzan en sus cuerpos, se restringen a su maternidad que les carcome media vida. Naturalmente trabajan y hacen más, pero sabemos que su mayor preocupación y prioridad, la mayoría de veces, son sus retoños. Y después de eso, ¿cómo dejar de ser madres? ¿cómo volver a ser mujeres con otros intereses, con otras preocupaciones, con otra esencia de vida? ¿cómo se logra subsanar la pérdida de sus centros?

Después de esa descentralización, es hasta lógico entender por qué algunas madres transgreden los límites de la privacidad de la vida adulta de sus hijos, intentan acercarse desesperadamente a un centro que consideran completamente suyo por derecho de inversión de tiempo, espacio y esfuerzo, quizá voluntario quizá no pedido, pero a final de cuentas, aprehendido de esa manera.

La idea de la madre “perfecta” es escabrosa y escurridiza. Me hace pensar que la madre más entregada en la infancia y adolescencia es a la más le cuesta el proceso de desapego, siendo éste lento, denso y doloroso: “dejar ir” a los hijos en sus vidas adultas.

La vértebra del asunto es no olvidar que hay muchos tipos de madres y varios tipos de centros desarrollados desde sus identidades. Hay algunas que simplemente no querían ser madres, entonces por más que se esfuercen no les “sale”; algunas más no “saben cómo serlo”, no “aprendieron”, e irremediablemente, ¿quién sí? Debemos amarnos mucho y jamás permitir que nos hieran, sin importar quién sea. Sin embargo, en algunas ocasiones sí podemos dar un margen de comprensión y empatía. Muchas personas amamos demasiado a nuestras madres con todas sus “fallas y aciertos”, y creo que también somos conscientes que no podemos amarlas de la misma manera e intensidad con las que ellas se consagran a nosotros, y que eso tampoco está mal.

La imagen de las mamás devotas y de vidas únicamente circundantes a sus hijos ha sido tan promovida en México, que dejan de ser mujeres e individuos, se encapsulan únicamente en ser madres y el marco que las rodea muchas veces actúa como encierro, otras como bordes de límites. Siempre depende de quiénes hablen de ser madre y de las circunstancias e ideología que las abrace en sus trincheras, no obstante, siempre están dentro de un margen de expectativas firmes.

Ser madre puede ser sumamente desgastante, pero también puede ser muy satisfactorio y apreciable. A algunas madres les perteneces como hueso y carne, entonces sus cadenas se vuelven símbolo de vínculos profundos; a otras, les perteneces como extensión y actúan como guías severas; algunas más, aman tanto la libertad que te la brindan con plenitud, pese al dolor del paso del tiempo; a algunas se les acaba la vida con la vida de los hijos y a otras más, no —siendo poéticos y no siéndolo tanto—.

Dice @DanielCenteno50 en Twitter: “Al día siguiente de la muerte de su madre, Roland Barthes empieza a llevar un diario del duelo, que durará dos años. El 30 de octubre de 1977, anota: ”Todavía hay muchos seres que me aman, pero ya no queda ninguno que, si yo muriera, moriría también. Ahí está la novedad” (10 mayo 2021). Y es que las madres sí pueden morir —metafórica y realmente—, por la falta de sus hijos, que representan un centro; pero tampoco está mal, ni son menos madres si viven su vida personal y al mismo tiempo, son madres. Comprendiendo que si tienen su vida, no volcarán toda su pasión, atención y cuidado a los hijos.  

Si tienen cuatro mundos y eres el centro de dos, es sencillamente porque son más que nuestras madres. Lo que intento decir es que los distintos tipos de madres han tenido diferentes tipos de hijos y los han amado de las maneras en que han podido, aprendido, intentado. Y que la idea de madre, tal vez deba levantarse únicamente a imagen y semejanza de la propia, si la tuvimos o no, y si podemos convencernos de que nosotros la amamos y de nuestra forma de amarla y comprenderla. Mi madre no es perfecta canónicamente y tal vez ni siquiera para mí y mi eventual manejo de la imagen y esencia de una madre libre, pero la amo e intento amarla en virtud de sus mejores intentos, recordando siempre que ella y yo, somos libres, no nos perecemos más que a nosotras mismas, que cada una tiene piernas para caer y levantarse, cada una guarda expectativas que pueden derrumbarse y que, es muy importante decir, no tenemos obligación de ser.  

Todos tenemos a nuestra madre y la construimos a partir de nuestros ojos amorosos, rencorosos, rabiosos o tenaces. Y está bien, hay madres diversas, no perfectas ni malas. Así como nosotros somos hijos con tonos imprecisos.   

Referencias:

Kawakami, Hiromi. Algo que brilla como el mar. España: De Bolsillo, 2003. Libro electrónico, formato Kindle.


[1] Celebración de día de las madres en México, Guatemala y Ecuador.

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