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Poesía y Humanidades

No soy la mala del cuento (parte final) | Meditación en el umbral #21

5 minutos de lectura

Meditación en el umbral #21, una columna de Fabi Bautista


Cenicienta y Blanca Nieves tenían una madrastra cruel, la Bella Durmiente cayó ante el hechizo de un hada vengativa, Hansel y Gretel se toparon con la bruja malvada que comía niños… Ya sea en las páginas de los cuentos infantiles o en las adaptaciones a la pantalla grande, los ejemplos de la mujer mala conforman una lista casi interminable de personajes con los que nos hemos familiarizado a través de los años.

Si bien algunas de estas figuras, caricaturizadas al borde de lo cómico pese a ser despreciables (pienso en Cruella de Vil, por ejemplo), generan en nosotros —los espectadores— cierta risa o incluso desagrado hasta quedar satisfechos con el “y vivieron felices por siempre”, lo cierto es que detrás de estas historias se desprenden mensajes que alimentan el imaginario construido en torno a la figura de la mujer o, mejor dicho, de la mujer mala.

En el número anterior platicaba acerca de las brujas y las madrastras, figuras que comienzan a reivindicarse en la actualidad, reflejo de un mundo en constante cambio que demanda ya no reducir el papel de la mujer a la dicotomía bueno-malo, sino —en su lugar— reconocernos y visualizarnos como individuos con matices complejos que de ninguna manera estarán dictados por los ideales que cumplen o no.

Si las primeras estrofas de Ana Elena Pena se enfocan en recoger personajes como la bruja, la loba y la madrastra para declarar sin tapujos “siempre fui para ti la mala del cuento”, es en los siguientes versos donde hallamos qué es verdaderamente ser una mujer mala, al menos ante los ojos de una sociedad machista y misógina escudada bajo el patriarcado. Es así como la poeta española revela que aquella maldad con la que siempre han etiquetado a la mujer no reside en actos crueles, sino en revelarse contra la norma, en buscar la libertad que no se espera de nosotras:

Será… porque nunca creí
en los besos de amor eterno
de príncipes descafeinados
y referí correr descalza
a usar zapatos de cristal.

El elemento intertextual hace una clara alusión a Cenicienta, historia nacida de la tradición oral y popularizada por el escritor francés Charles Perrault y los hermanos Grimm. A simple vista podría parecer que la crítica se dirige hacia los cuentos de hadas, en cuyas relecturas contemporáneas se han encontrado numerosos estereotipos de género. Sobre esta línea, la antropóloga mexicana Marcela Lagarde plantea en su obra Claves feministas para la negociación en el amor (2001) que:

Entre muchísimas mujeres es muy frecuente la experiencia de la contradicción entre lo que anhelan y lo que viven. Y eso que anhelan está frecuentemente marcado por los mitos amorosos aprehendidos. […] Los mitos se nos presentan ya organizados en historias que conocemos, en leyendas que escuchamos, en literatura que leemos. También se nos presentan organizados como fantasías. (pp. 68-69)

Si bien es necesario reconocer que la literatura —al igual que las demás artes— posee una gran influencia en torno a la construcción social y cultural del amor, así como lo que implica ser hombre y mujer, punto de donde derivan numerosas idealizaciones y fantasías que reproducimos en nuestro día a día, mi comentario no apunta a la narrativa de los cuentos, ni sus personajes. En su lugar, busco con este poema una reflexión en torno a la idea de femineidad que de ellos deriva.

O será
porque no me amedrantan las fieras
ni me arrodillo ante reyes,
pues no tengo amo a quien temer
ni tampoco siervas
que cepillen mi cabello
antes de irme a la cama.

¿Por qué para el patriarcado resulta amenazante una mujer libre? ¿Por qué la mujer sabia y poderosa es una bruja? ¿Por qué quien no es madre es automáticamente cruel? ¿Por qué somos representadas en los medios como unas locas sedientas de poder? Lo femenino se ha valorizado en expectativas e ideales que reproducen un sistema injusto para las mujeres, que hace vislumbrarnos a nosotras mismas como las villanas del cuento por buscar la independencia, el poder o libertad a la que aspiran los hombres. ¿Qué ha ocurrido? Lo que ya desde hace siglos se cosecha, despertamos:

A partir de su propia revalorización las mujeres se han percibido positivas y han impugnado lo exterior a ellas. Ahí encontraron el mal, lo opresivo; en el sistema, en los hombres, en las relaciones, en las costumbres, en las tradiciones. Y reinterpretaron la historia, para entender, desde su lugar en el mundo. (Lagarde, 1990, p. 5)

Y yo no pretendo reivindicar a quien alimenta un sistema injusto, jamás defenderé la crueldad, ni lo inhumano. No obstante, vale la pena cuestionar la representación de las mujeres en los medios, en la literatura, en el arte. Es necesario reflexionar por qué cuando no estamos siendo elevadas en pedestales inalcanzables, se nos orilla al exilio de lo malévolo.

Así, la mujer, a lo largo de los siglos, ha sido elevada al altar de las deidades y ha aspirado el incienso de los devotos. Cuando no se la encierra en el gineceo, en el harén a compartir con sus semejantes el yugo de la esclavitud; cuando no se la confina en el patio de las impuras; cuando no se la marca con el sello de las prostitutas; cuando no se la doblega con el fardo de la servidumbre; cuando no se la expulsa de la congregación religiosa, del ágora política, del aula universitaria. (Castellanos, 1973, p. 10)

Mujer mala… ¿ante los ojos de quién? ¿de ti o del patriarcado? No, en definitiva, no soy la mala del cuento.

No soy tan mala, muchacho,
ni maléfica,
ni cruel,
así que no me culpes
de tus desdichas y miserias,
porque tú ya eras un sapo
mucho, mucho antes
de que apareciera yo.

Esta es la última entrega de análisis a un fragmento de la poesía de Ana Elena Pena, puedes leer la columna anterior aquí:

Clic aquí para leer el poema completo:

*La imagen pertenece al artista norteamericano Coles Phillips.


Referencias bibliográficas

  • Castellanos, R. (1973). Mujer que sabe latín. Fondo de Cultura Económica.
  • Lagarde, M. (1990). Identidad femenina. CIDHAL.
  • Lagarde, M. (2001).Claves feministas para la negociación en el amor. Puntos de Encuentro.

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