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Poesía y Humanidades

Un bosque de símbolos para la era de internet: ‘Oscilo entre ver mi teléfono y verte a ti’, de Rebeca Leal Singer | The trash can of ideology #29

7 minutos de lectura

The trash can of ideology #29, una columna de Ángel de León


En un momento de tierna convicción reaccionaria, Borges despotricó contra unos versos que comparaban el rostro de Dios con el brillo de una cuchara. El poeta, nos dice, seguramente pensó en comprarlo con la luna o con la espada, pero el afán de ser moderno lo hizo cambiar de opinión. Por eso, concluye Borges, sólo existen unas cuantas metáforas: lo demás son asociaciones caprichosas de la moda.

Me pregunto qué pensaría Borges del poemario de Rebeca. ¿Le hubiera parecido que la primera imagen, la de tener un espejo todo el tiempo en la mano o la bolsa del pantalón, un espejo en un Iphone, hubiera sido mejor si el espejo estuviera en el mar o en la luna? Pero los versos que inauguran este poemario, Ahora tengo un espejo en mi iphone X,/pero antes, antes no me miraba tanto, reflejan la aparición de algo nuevo, no sólo para ella, sino para una generación. El imperativo de modernidad no rige la voz poética detrás de estos versos llenos de tweets, computadoras y módems; más bien, la conciencia de un cambio de época: antes el mundo no tenía un espejo en un Iphone, antes no se miraba tanto, o acaso – para no caer en la pérfida tentación, denunciada por Borges, de que todas las épocas son iguales, o lo que es peor, que son distintas –, se miraba de otro modo.

La naturaleza es un templo donde vívidos pilares
Dejan escapar, de vez en vez, algunas palabras confusas;
El hombre atraviesa estos bosques de símbolos
Que lo miran con miradas familiares[1]

Esos  bosques de símbolos, en la época de Baudelaire, estaban hechos de otros pilares. Cada época tiene los suyos, y es posible que, en el fondo, todos digan lo mismo, pero la poesía es el arte del matiz: es el cómo lo dicen lo que interesa al poeta. Disiento de la creencia borgiana de que existen sólo unos cuantas metáforas; más bien, acaso, existan sólo unos cuantos significados: el deber del poeta es descubrir nuevas metáforas, las de su tiempo y su mundo interior, que son inagotables, como inagotables son los matices que estas imágenes brindan a los significados esenciales. Hasta que, acaso, estos mismos, también se transformen: la poesía interviene en los significados – la muerte, el amor, el tiempo, en fin, los grandes temas –, no los expresa, y en esta intervención abre paso a algo nuevo.

No hay nada poético en sí en el romance de una mujer mayor con sus alumnas en una escuela de señoritas de la Grecia Arcaica, como no lo hay en el arte de ligar por twitter o hacerse una selfie. Estas cosas se vuelven poéticas al ser filtradas por la sensibilidad de una voz, al convertirse en otra cosa, ventanas que nos descubren otros mundos que, sin saberlo, son los nuestros. Cuando Rebeca pasea entre dos módems que tiene en su casa, se pregunta de pronto en qué punto exacto se interrumpe la señal de uno y comienza la del otro; la experiencia cotidiana de una red de internet a otra se convierte, así, en reflexión metafísica, en conciencia del problema irresoluble de los límites entre una cosa y otra (entre las naciones, entre las personas, entre las dos cincuenta y nueva y las tres de la tarde):

En ocasiones ha ocurrido que,
cuando              camino              por              ese              pasillo
amplio                       y           eterno,
me pregunto cuál es el punto exacto donde termina la señal.
¿Será que llega hasta el librero blanco y es cortada
por las enciclopedias filosas?
¿Será que la luz de la ventana honda arrulla
hasta el sueño a los cables?

Pequeños instantes de crisis que pasamos por alto, no así la poeta, que de pronto nos arroja a la pregunta por el ser de esas cosas inmateriales que hoy (como antaño los dioses o la física newtoniana), determinan nuestra experiencia. ¿Qué cosa es el internet, que rebasa los límites de su soporte material? ¿En qué punto se pasa de lo material a lo metafísico? Rebeca, cuya formación filosófica deviene en su poesía juguetona reflexión lírica, junta ambos planos en el sueño –la fina substancia inmaterial de la que estamos hechos–  de los cables  –cuya innegable materialidad nos asalta si, por accidente, los rompemos– arrullados por la luz –esa otra entidad extraña que no podemos tocar, como el internet que puede provocar una catástrofe si, a las tres de la mañana, luego de una borrachera melancólica, nos condena a vagar por las calles sin poder pedir transporte que nos lleve a nuestras casas.

Así como no hay nada poético, en sí mismo, en los Iphones y las espadas troyanas, no lo hay en las etapas de la vida: ser viejo o ser joven se revela poético en los versos. Las tribulaciones del que, medio angustiado, medio lleno de esperanza, se separa de sus padres, se condensan en esta confesión que, aunque compartamos, quizás no podamos nombrar:

Lo único que realmente he querido que
alguien haga conmigo es que me lancen
como una flecha en la oscuridad

La poesía, que nos permite nombrar las cosas más allá de la costumbre y el diccionario, enlaza este sentimiento con las cosas que nos parecen tan familiares, que se enrarecen en los versos:

Debe ser por eso que
me gusta tanto
la voz de WAZE

y la de Google Maps. Esa fuerte
vibración femenina. Junto
a mi tímpano. Ve por ahí.

Entonces la voz de WAZE que nos saca del laberinto de Google Maps (que pocos saben interpretar), se convierte en uno de esos vívidos pilares que, si escuchamos con atención, nos dicen confusas palabras, que la poeta desenreda para brindarnos una explosión de música y sentimiento, que, de pronto, enlaza la experiencia de la dependencia tecnológica de los jóvenes con la experiencia de la vejez, imaginada por alguien que pertenece a una generación marcada por el imperativo del movimiento y la velocidad que, de pronto, descubre su deseo de descansar, a despecho del culto a la juventud:

Cállate. No preguntes. No
puedo esperar a que alguien se
haga cargo. No puedo esperar

a ser una ciudadana de la
tercera edad. Con mi cobija
de cuadritos en todo momento.

Todos deberían imaginarme
así de cómoda. Por ahora,
procedan a meterme

adentro del cohete. Pónganme el cinturón
de seguridad. ¡Tres! La ventanita
se comienza a zangolotear. ¡Dos!

Fantasía que se conecta, al fin, con la nostalgia de la niñez:

Le digo adiós a Mamá y
Papá. ¡Uno! ¡Ay, mierda! ¡Se me olvidaron
mis lentes! ¡Esperen!

En estos ires y venires, Rebeca se cuestiona por la identidad a partir de su identificación juguetona con un capibara, cuyo nombre científico significa “cerdo de agua”, y eso no me gustó/pero qué puedo hacer yo/si es lo que soy; da voz a una computadora, que de imagen del progreso y las posibilidades inagotables de la tecnología, pasa a serlo de la obsolescencia programada que, acaso, no afecta sólo a las máquinas, sino a nosotros, pues ellas son nuestros símbolos, que anhelan la muerte al enterarse de que “había un nuevo modelo de mí/en la tienda”; se enfrenta al dolor de la historia y la terrible conciencia de los miles de milagros y catástrofes sin los cuales no habría sucedido el presente, asomando a las heridas de su herencia judía a partir de la experiencia culinaria de unas papas que le gustan a su padre, nombradas en honor a las batallas de Saratoga, sin las cuales “no habría Sabritas/ni variedad de papitas/así como si no hubiera/habido Auschwitz/no hubiera habido/yo”.

Como lo anuncia el título del poemario, entre el encuentro con el propio reflejo en el espejo del Iphone y el encuentro con el otro, Rebeca nos ofrece un autorretrato lírico, donde nos habla de sus alegrías, sus dolores y sus recuerdos. Y a través de su autorretrato, luminoso incluso cuando evoca el dolor y la nostalgia, como en la red que todo lo conecta, aparecemos nosotros, sus lectores que, con ella, descubrimos que las cosas sí que son poéticas, sólo hacía falta alguien que les permitiera cantar.

Selfie

Ahora tengo un espejo en mi iphone X,
Pero antes, antes no me miraba tanto.
Si miraba abajo podía ver mis manos,
si miraba arriba podía ver mis techos.
Debo aceptar que de vez en cuando
buscaba reflejo en las transparencias
y cuando al fin veía una foto mía pensaba:
así puedo ser también
—la flor más seca del ramo—
Pensaba: así puedo ser también
y cuando al fin veía una foto mía,
buscaba reflejo en las transparencias.
Debo aceptar que de vez en cuando,
si miraba arriba podía ver mis techos,
si miraba abajo podía ver mis manos,
pero antes, antes no me miraba tanto.
Ahora tengo un espejo en mi iphone X.


[1] Charles Baudelaire. “Correspondances”, en Las flores del mal. Traducción propia

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